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Nene dame argo, pordió

Nene dame argo, pordió

Intereconomía se arrastra como el falso mendigo a la puerta de una iglesia. Si este muestra un muñón prefabricado o un bebé al que pellizca para que llore y mueva la compasión de la feligresía, aquella enseña su libertad prefabricada con tópicos superficiales o pellizca las carnes rancias de una ultraderecha agónica.                Hace algunos años conocí a un directivo de Intereconomía. Yo le preguntaba día sí día también cómo podía ser que un grupo tan mal gestionado y con tan escasas luces empresariales, a pesar del nombre, subsistiera. Yo estaba bastante seguro de que en un par de años se iría al garete.                Sin embargo, me equivoqué: cuatro años después Intereconomía sigue viva, aunque comatosa. Ya no tengo acceso a datos internos, pero bastará con muestras pequeñas para entendernos: Carlos Dávila, hombre talentoso e inteligente pero desnortado, ha hundido la revista Época metamorfoseándola de una revista política de derechas que llegó a tener una tirada respetable de 30.000 ejemplares semanales, en un panfleto amarillo sin calado ni interés que se regala los sábados con el diario La Gaceta. En lugar de despedirle como gestor –pudiendo mantenerle como médico de la plantilla si lo que les gusta es su compañía-, le premiaron con el cargo de Director de Publicaciones. Obviamente, los resultados obtenidos en el resto de publicaciones han sido similares a los conseguidos en Época.                En medio de este rodadero hacia la bancarrota aparece en Intereconomía TV El Gato al Agua, un programa de tertulia política con un formato fresco, ágil y de ideología conservadora que andando el tiempo se ha convertido en el buque insignia de lo que se ha venido en llamar el TDT party y el espejo en que quieren reflejarse los experimentos mucho más mediocres del resto de las TDT’s derechizadas. En paralelo, con poco presupuesto, buenos guiones y bastante trabajo se consolida un programa de humor, Los Clones, que reproduce el viejo esquema inventado por Luis del Olmo en El Jardín de los Bonsáis, cuyo nombre nace de aquel invernadero que tuviera el presidente González en Moncloa durante su mandato.                Poco más. El resto de la parrilla es malo de solemnidad. Empieza con +Vivir, programa horripilante que pretende ser una revista de salud y que no es más que un escaparate de cataplasmas y suspensorios cuyo dependiente es el mismo hombre que fuera despedido de TVE por venal en 2009, y termina con Diálogos al límite que mejor debería llamarse Limitando el Diálogo porque allí solo habla uno, siempre el mismo, con esa gran capacidad de escuchar que Dios no le ha dado y con ese dogmatismo prepotente que ni a Quino se le ocurrió o la habría reflejado en su excelente Potentes, prepotentes e impotentes.                Mario Conde, que ya lo ha intentado en otros medios de comunicación –El Mundo, la revista MC, el diario Ya- ha soltado bastante pasta al grupo Intereconomía dirigido, es un decir, por su íntimo amigo Julio Ariza. A lo que parece, sin embargo, ha sido poco para salvar la cara y el bolsillo de los allí instalados que ya no pueden seguir exprimiendo la teta del Gato o de los Clones. Es lo que pasa cuando siendo grupo de comunicación periodística pasa uno a convertirse en púlpito apantallado.                La penúltima ocurrencia de estos chicos ha sido pedir limosna a la audiencia. Al margen de que no sé cómo se articulará esto desde el punto de vista fiscal habida cuenta de que se trata de donaciones sujetas a control tributario –supongo que Hacienda ya estará al loro-, no deja de ser chocante, tercermundista y lamentable porque de aquellos polvos gestores inevitablemente se llega a estos lodos endeudados. Lo dice el liberalismo que tanto defienden: las malas empresas desaparecen y no deben ser subvencionadas en forma alguna.                He oído a varios directivos de Intereconomía decir que no es tan raro, que en EEUU es normal pedir pasta a los espectadores. Llevo varios días zapeando entre los centenares de canales yanquis a que tengo acceso y debo decir, alto y claro, que los Interecónomos tienen razón: es bastante habitual que algunas cadenas pidan dinero a sus telespectadores.                El matiz es que no lo piden para sanear una cuenta de [pésima] explotación sino para comprar cachitos de cielo a través de telepredicadores vociferantes que hasta hacen milagros en directo. Teniendo en cuenta el correlato semántico entre Intereconomía y aquellas televisiones, tal vez deberían aplicarse el telecuento y telepredicar el telecielo a cambio de tele-euros. Eso o aprender a gestionar: ya puestos a fijarse en los yanquis de ultraderecha, échenle un vistazo a FOX TV, puede que aprendan que el show business es, sobre todo, business.
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