Los periódicos nos recordaron hace semanas el cumpleaños socialista. Tiene gracia, no se referían ni a un antes ni, parece, que vaya a haber un después. Un sonriente, como siempre, Zapatero, aparecía, tras un atril transparente, para que no faltara ni su imagen al completo, y abajo, una alfombra roja en la que se leía Zapatero 10.
¿Nos quería decir esta imagen que lo que queda del PSOE es un individuo y diez años de historia? Tristemente, eso es, lo que parece que resta. Tras aquél 35º congreso en que, por un pacto interno de tendencias, el vallisoletano de León, y de carambola, se hizo con las riendas de ese partido, el PSOE se ha quedado en eso, en su ZPSOE. Es una lástima que personas con una brillante biografía en ese partido, incluido el último hace unos días, el gran Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, hayan desaparecido. Tras el triunfo electoral de 2004 en circunstancias más que dolorosas, pese a quien pese, su talante con los de su partido y la idolatría al personaje ha aplastado cualquier crítica interna y, lo que es más grave, el sentido de Estado, común a todos los presidentes del gobierno anteriores. Todos los partidos han ensalzado la imagen de su líder. UCD con Suárez, el PSOE con Felipe y el PP con Aznar, pero ninguno antes lo había hecho con tanta exclusividad. Los líderes siempre han compartido tarea e imagen con otros correligionarios, de gran peso específico y primeras espadas. En el PSOE de hoy, ya no hay barones, ni tendencias, ni contrincantes, ni recambio. Sólo la prensa se aventura a citar a Blanco, único ministro de cierta imagen, como posible sucesor.
Los tiralevitas que le acompañan incondicionalmente, no se atreven a decirle ni mú. Mientras dure su cargo, todo les parece ir bien.
Pero lo más duro de esta década, no es que lo que queda de su partido lo adore , lo aborrezca o lo tema, sino que todo un país ha de aguantar estoicamente tanto error y tantas consecuencias de un gobierno caudillista, presidido por una persona cuyo único oficio o profesión conocido ha sido la política, sentado en un escaño.
Cuando la dura realidad económica azota fuertemente con el paro a nuestra sociedad, se mengua, por primera vez el sueldo de todos los que tienen la fortuna de un empleo y caen empresas a chorro, es grosero un festín de su personal décimo aniversario.
La oposición tampoco ha sabido buscarle las cosquillas, pues siempre la matemática parlamentaria, con la suma nacionalista, que le va mejor cuanto peor vaya el Estado, ha apuntalado su endeble gestión.
La autoetiqueta del talante ha sido incapaz de ejercerla con partidos nacionales, para fortalecer el Estado, que debería ser, al fin y al cabo, la única razón de ser de su empleo y sueldo. Y se manifiesta otra vez esquivando, por intereses partidistas, la sentencia del Tribunal Constitucional del Estatut de Cataluña, como se oyó en el último debate del estado de la nación. Eso es corrupción política, como lo calificó Rosa Díez, una de sus contrincantes más valiosas en aquél 35º congreso.
El cesarismo que impregna la publicidad del PSOE no sólo está empobreciendo aceleradamente ese partido, sino la misma democracia.
Espero que las bases del partido gobernante corrijan ese declive, que parece no tener freno, y el partido recupere sus señas de identidad, acabando con este estado de excepción. Los partidos, como dice nuestra Constitución, son cauces de participación política y no deben estar cerrados al sentir popular por voluntades de permanencia de su coyuntural líder. De lo contrario, la deriva desgastará peligrosamente el brillo institucional que tanto esfuerzo nos ha costado a todos.
Qué pena, que la etapa que hoy disfrutamos en el deporte, no tenga un paralelismo en política y tengamos aún que esperar el urgente cambio.
Jesús Pérez López. Abogado.