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¿Estamos locos o qué?

Los hombres que no aman a las mujeres

Los hombres que no aman a las mujeres

Hay amores que matan. Y no me refiero al asesinato que ya es lo más trágico, sino a matar otro tipo de cosas que minan lo que sostiene una pareja: confianza, cariño y respeto.

En el fondo de los malos tratos está el machismo y la ignorancia, amén  de la agresividad en todas sus formas. Pero lo que iguala a todo maltratador es su machismo. Sin esta condición difícilmente puede haber maltrato, psicológico o físico, me da igual, porque insultar también es maltrato. No soy particularmente feminista, de hecho creo que no soy nada pero he padecido como cualquier mujer el machismo en algún momento de mi vida. También es verdad que me ha resbalado bastante. Un hombre que respeta profundamente a una mujer, que la considera su igual, será muy probablemente un candidato menos a menospreciarla por su sexo.

A veces no nos los tomamos demasiado en serio. O quizás sólo nos llevamos a la cabeza cuando hay un asesinato, pero el machismo es una gran lacra, es de las peores. Afecta a todas las clases sociales y todas las edades. Lo vivimos y escuchamos cada día y poco o nada hacemos por erradicarlo. De poco sirve un Ministerio de Igualdad si no se coordina con el de Educación para que desde pequeños aprendan que hombres y mujeres nacen con idénticos derechos y obligaciones.

El lenguaje que todos y todas utilizamos con respecto a los comportamientos de las mujeres necesita cambios urgentes: si un hombre es ambicioso en su trabajo una mujer que hace lo mismo tiene que ser ambiciosa, no trepa. Si un hombre gusta de tomarse unas cañas después del trabajo y tiene habilidades sociales, la mujer ha de recibir mismo trato y no ser calificada de golfa. Si un hombre gusta de cambiar muchos de compañera de cama y se le tacha de campeón, una mujer tiene que ser por idéntico motivo una campeona, no una zorra.

¿Qué pasaría si llevásemos esto al ámbito de la ley? Por asesinato al hombre condena de 30 años, a la mujer de 50. Por ser tía, sin más explicación. No tendría ningún sentido y, además, sería anticonstitucional.

Y mucha culpa la tenemos las mujeres. Además de trasmitir la hemofilia, traspasamos ya en el embarazo y de forma inconsciente el machismo que llevamos dentro. Así, desde que sabemos el sexo del bebé ya discriminamos en rosa para nenas y azul para chicos, no vaya a ser que si lo vestimos de rosa lo amariconemos. Luego vienen los juguetes, la horrorosa Barbie para ellas (Barbie representa a la mujer objeto únicamente preocupada por sus uñas y su pelo) y el coche de carreras y pistolas de policía para ellos. O lo que es lo mismo: tú nena a cuidar de los bebés, la casa y a cocinar, tú machote mío, a pegar tiros y a conducir cochazos. O sea, mujeres en casita recogidas, hombres agresivos y con dinero. Pues menudo plan.

El lenguaje y las costumbres no se cambian de un día para otro pero habrá que empezar por algo. No sólo hay que ser el profesor Neira y separar a un hombre que pega a una mujer (que está muy bien), también hay que decir basta cuando se oyen los comentarios tipo: Tú cállate que de esto no entiendes (lo he escuchado en cenas de amigos decírselo a un espabilado a su mujer); esa tía es una zorra porque se ha acostado con no sé quién; fíjate en ésa, a saber qué habrá hecho para llegar a ese puesto y muchos comentarios más de nuestra vida cotidiana que nos perjudican a todos, no sólo a nosotras. Además, ¡qué casualidad!, en los comentarios machistas siempre están por medio las palabras que se refieren al sexo. ¿Por qué esa obsesión? Por miedo, inseguridad, ignorancia, falta de reflexiones profundas. Los hombres que hablan así se descalifican a sí mismos, se retratan como lo que son: los dignos herederos del australopiteco, que se extinguieron hace 4 millones de años.

Amar a una mujer no es ponerle una cadena de oro para tenerla controlada, no es vigilar cada paso que da sola porque tenemos miedo de que nos la pegue. Amar a una mujer no es castigarla psicológicamente repitiéndole cada día que es una mala mujer porque no le dedica cada segundo de su tiempo a él. Eso no es amor, eso es obsesión. Por eso, a esos hombres que no aman a sus mujeres y que están tan cerca de todas nosotras: echadlos de vuestras vidas sin compasión, huid de ellos, advertir a vuestras amigas de quiénes son y no les dejéis echar esa basura por la boca, es terrorismo doméstico y hay que atajarlo de manera rápida y eficaz.

Cariño, mi columna de hoy va por ti. Tú sabes por qué.

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