Imagine usted un encuentro con un amigo entrañable al que no ha tenido la oportunidad de ver durante largos años. Imagine que esta persona, que usted conoce y aprecia desde la infancia, le pregunta, delante un café y un cigarrillo: ¿Y, cómo estás? ¿Cómo le respondería usted? ¿Le diría usted cuánto está ganando, o que cambió de auto el año pasado, o que su actual jefe en la oficina le cae mal, o que tuvo un episodio de gastritis la semana pasada, o que uno de sus hijos tuvo tres aplazos en el colegio en el último trimestre? No lo creo. Creo más bien que su respuesta no estaría enfocada en el dinero, ni en los avatares del día a día; sería sin duda, una respuesta en retrospectiva acerca de las cuestiones trascendentales de su vida.
A este viejo amigo, usted trataría de contarle acerca de su compleja, y a veces imperceptible, realización profesional a lo largo de los años. Le contaría cómo tuvo que construir su vida en pareja, y cómo ha sido la larga lucha para educar a los hijos en los mismos valores que forjaron su amistad con él. Le confesaría sus altibajos y dudas espirituales, y le diría, quién sabe, que todavía le quedan energías y salud para seguir peleándola todas las mañanas en procura de una vida con un mínimo de paz, en este mundo de crecientes precariedades.
Si en vez de nuestras vidas, hubiera que retratar a nuestro país, creo que tendríamos que hacer algo parecido. Mirar el presente e imaginar el futuro bajo la luz que solamente puede darnos la retrospectiva de nuestro pasado. Sopesar lo trascendental frente a lo cotidiano, más allá de las personas y las circunstancias.
Así las cosas, y si de evaluar se trata, creo sinceramente que la situación del país es la mejor, después de más de cincuenta años. Lo digo con la convicción de que por tercera vez, después del proceso de independencia y de la revolución del 52, estamos intentando resolver problemas esenciales y recurrentes, sólo que esta vez, de manera relativamente pacífica. El racismo y la exclusión, en todas sus dimensiones y matices, en un país con una inmensa población indígena y mestiza, fue siempre nuestro principal problema. Y lo he dicho más de una vez: no hay modelo económico o político posible, en un país marcado por la segregación. Hoy, la sola realidad de un Presidente indígena, significa un avance contundente e irreversible, en la dirección correcta.
Las mayorías nacionales, históricamente relegadas, hoy se encuentran debidamente representadas y reivindican sus derechos y anhelos en escenarios hasta hace poco reservados para una élite insensible y enajenada, a fuerza de perpetuar sus privilegios a espaldas de la realidad nacional. El inevitable proceso de cambios, incubado durante décadas y gatillado hace más de diez años, ha encontrado un liderazgo claro y legítimo en la figura del Presidente, un hombre honesto con la suficiente capacidad de administrar y contener demandas tan diversas como urgentes. Y esto, aunque no parezca evidente, ha evitado la violencia que caracteriza a las revoluciones.
De este proceso, nos guste o no, saldrá un nuevo país, y quizás, podremos concluir la formación de una verdadera nación que permita la realización colectiva de indios y mestizos. De este desenlace histórico ineludible, se está construyendo un nuevo Estado con la capacidad de promover activamente la disminución de la vergonzosa brecha entre ricos y pobres, y encontrar para todos, un espacio mínimamente digno en la periferia del banquete globalizador, al que nunca fuimos invitados.
Si podemos ver más allá del conflicto inherente al cambio y de las evidentes fallas de gestión, en la óptica histórica, por supuesto que estamos mucho mejor.
*Ilya Fortún
es comunicador social.
Extractado de la Edición de La Razón 24/01/08