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Los dueños de la tierras vascas

Todo en este mundo es pasajero, todo, el aburrimiento y la diversión, el entusiasmo y la tristeza, todo menos la voluntad humana de tener éxito en la vida. Claro está que hay dos tipos de éxito: uno el que te conceden los demás, y otro el que tú te atribuyes; pero, bueno, estas sutilezas, en realidad, no suelen ser más que disquisiciones de intelectuales, poetas, profesores de filosofía y otros recalcitrantes fracasados que de la vida no saben más que las muchas tonterías que leen, escriben o plagian. El problema es que el éxito social está sujeto a los caprichosos vaivenes de las modas, el tiempo y las envidias que provoca. Durante la posguerra española, por ejemplo, el éxito era sobrevivir. Durante los años cuarenta y cincuenta, el éxito, para muchos vascos, consistía en viajar hasta Madrid para comer una paella en Riscal, comprar penicilina en Chicote y bailar, luego, en Pasapoga con una rubia muy oxigenada que llevaba sobre los hombros desnudos un abrigo de mutón. Más tarde, durante los años sesenta, el éxito se confundió con el tamaño del coche que conducías y así hasta nuestros días en que el triunfo social en la comunidad autónoma vasca se mide por el límite del crédito que te concede la caja de ahorros para comprarte una segunda, tercera o cuarta residencia; por la cantidad de palmadas que puedes propinar sobre la espalda de alguno de los cocineros más célebres de la comunidad; por el número de invitaciones que recibes para inaugurar cualquier sandez en el Guggenheim o por los viajes ocasionales -subvencionados con dinero público, eso sí- que te permiten disfrutar, alegremente, de la piscina climatizada, los restaurantes, la sauna, los campos de golf y las bebidas más selectas en alguno de los hoteles más lujosos de este desdichado planeta. La mayoría de esta gente ha encontrado en la función pública la plataforma desde la que pueden acceder al dinero, el placer, los grandes negocios y la tranquilidad espiritual que proporciona el triunfo, así que, consecuentemente, la retahíla constante del entrañable Ibarretxe -ya saben, esa tan extendida de que en Euskadi se vive muy bien, o sea, de cojones- es el mantra que caracteriza a quienes disfrutan del éxito en la comunidad autónoma vasca; de hecho esa es la sentencia con la que acostumbran a liquidar no sólo cualquier discusión sino también las suculentas y abundantes cenas que tanto frecuentan.

Prácticos y tenaces, los nacionalistas vascos de esta nueva generación, han heredado los mejores puestos de trabajo del territorio autónomo porque sus antepasados así lo dispusieron. La mayor parte de su existencia la han vivido sin demasiados sobresaltos, bien resguardados bajo el paraguas de monseñor Arzallus. Nunca han tenido el menor reparo en imponer sus señas de identidad al resto de la ciudadanía vasca, utilizando el euskera más como un hecho diferencial que como una conquista cultural y muchas de las cosas que saben las han aprendido leyendo el Deia, escuchando los informativos de radio Euskadi, contemplando el teleberri nuestro de cada día y subiendo hasta la cumbre del Amboto, el monte Hintxorta o el Gorbea en compañía de algún cura nacionalista, barbudo, ateo y mal vestido. Tan satisfechos de sí mismos como cabría esperar de quienes han sido educados para formar parte de una secta patriótica, religiosa, tecnócrata y eso sí, disimuladamente racista, han renunciado al caserío para habitar una vivienda unifamiliar en alguna urbanización cercana a la capital. Han contraído nupcias con muchachos o muchachas de su misma estirpe, han pasado los mejores momentos de su juventud practicando deporte y han terminando triunfando en la vida sin apenas proponérselo. Tradicionales por designación materna, han sustituido los mitos y las leyendas del contrabando por el becerro de oro. No tienen más convicción que el poder, más filosofía que los privilegios que les proporciona.

Esta nueva generación de vascos y vascas nacionalistas que han accedido al poder, gente, en su mayoría, cuarentona, práctica, bien educada, pulcra, triunfadora, más o menos viajada y vestida de uniforme, o sea, como si todos trabajaran como agentes comerciales para una multinacional de seguros, siempre han entendido el nacionalismo como una profesión; como la profesión, actualmente, que más éxito social te puede proporcionar en la comunidad autónoma vasca. No es que esto sea realmente una novedad, o un hecho distintivo que los diferencie de los ciudadanos de otras comunidades con una fuerte implantación nacionalista, sino que desprovistos de toda ideología, uno sospecha que todos estos muchachos y todas estas muchachas, tan acostumbrados a las prerrogativas que el poder nacionalista les ha procurado, harían cualquier cosa con tal de no perder ni uno solo de los muchos privilegios que su supuesto éxito social les ha proporcionado. En realidad, cada vez que han atisbado la más mínima posibilidad de quedarse sin despacho y coche oficial han removido cielo y tierra para procurar que esto no ocurriera: dinamitando el pacto de Ajuria Enea, por ejemplo, pactando en Lizarra con los terroristas, desacreditando a los jueces cuando han tratado de investigar la conexión de los batasunos con los terroristas, haciendo trampas en las votaciones parlamentarias o aceptando los votos de los representantes políticos del terror para sacar adelante el plan con el que pretendían perpetuarse en el poder por los siglos de los siglos, amén; o sea, el plan Ibarretxe. En definitiva, lo mismo que ahora se consideran más nacionalistas que la calavera de Sabino Arana, esta nueva generación de vascos y vascas que han accedido al poder, gente, en su mayoría, que nunca ha tenido miedo, ni escoltas, campechanos, joviales, simpáticos -eso sí, con una simpatía algo simplona y bastante forzada- posiblemente terminarían haciéndose más franquistas que el propio general Franco si por uno de esos fabulosos azares de la vida su permanencia en el poder dependiera de que las deterioradas instituciones vascas fueran tomadas otra vez por los discípulos del “Gran Vigía de Occidente”. En fin, cosas más disparatadas han ocurrido y si no, desocupado lector, repase la fatídica historia del siglo veinte y podrá comprobarlo.
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