No me había fijado hasta hace unos días en la insoportable carga financiera que debe suponer para los partidos políticos los recibos de las empresas de publicidad que colocan los caretos de los aspirantes a la Presidencia de la Comunidad de Madrid o a la Alcaldía de la capital en los autobuses de la EMT y en las vallas que te encuentras por las calles y avenidas. Debía ir menos a mi rollo de lo que suelo o quizá sólo fue una casualidad.
Recorría las calles con un destino predeterminado y, cada vez que mi coche se detenía porque el semáforo estaba con el rojo subido o me colaba en algún atasco, delante de mí siempre había un autobús que en su parta trasera mostraba a Rafael Simancas, Miguel Sebastián, Esperanza Aguirre o Alberto Ruiz-Gallardón. Parecía que me miraban y me daba mal rollo. ¿No sé por qué? De una calle a otra y de un sitio a otro. Toda la mañana igual, y siempre que mi vehículo se detenía aparecían los ojos de estos aspirantes en el bus de turno o en el cartel pegado en una valla o similar.
Me familiaricé tanto con esos encuentros entre el candidato X y el ciudadano Y, a través de la publicidad electoral en las calles, que decidí no retirar mis ojos ante sus miradas y ponerme a dialogar con ellos. Les dije que entiendo que Sebastián, ese gran desconocido, pegue sus fotos en los exteriores para que sus posibles votantes sepan cómo son su cara y el traje que le han colocado para la ocasión, pero que me parece un despilfarro de dinero que Aguirre, Simancas y Gallardón inviertan los dineros de sus partidos, que reciben una buena cantidad de millones de euros de financiación proveniente de los impuestos de todos los españoles, en algo tan estéril como dejarse ver con lo vistos que ya los tenemos.
No estaría de más que supiésemos más de sus programas, pensamientos e ideas, con el sano objetivo de que las contrasten, a través de la palabra, y, de paso, ayudar a que al final no todo quede en un desfile de fotografías, maneras, modos y vestimentas. Si conseguimos que nuestros candidatos/as dejen la propaganda pura y dura a un lado, los partidos se ahorrarían millones de euros que podrán dedicarse a preparar el desarrollo del artículo de la Constitución que exige que las formaciones políticas sean verdaderamente democráticas. Entonces habría menos propaganda y sólo quedaría por resolver qué hacer para llegar a los ciudadanos. Una solución podría ser impulsar debates en las televisiones publicas, y en
las otras, y en lugares como universidades, ateneos o entidades culturales o de otro tipo.
Las grandes cadenas televisivas y de radio serían un buen soporte, a disposición de los aspirantes, para que expongan qué quieren hacer con el poder y, además, entre ellos contrasten sus proyectos. ¿Ha llegado el final de esta etapa tan aburrida en la que cada Simancas, Sebastián, Aguirre o Gallardón de turno reúne en algún local a fieles traídos a llamada de teléfono o en al autocar preparado para el evento sólo para que oigan lo que ya saben y comparten y aplaudan a golpe de silbato del burócrata de turno?. Menos propaganda y más debates, sin olvidar que éstos no pueden desarrollarse como ordena el que manda sino a través del respeto a unas normas que deberían existir para conocimiento previo de todo candidato.