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Las cartas del abuelo Pascasio (III)

Las cartas del abuelo Pascasio (III)

lunes 18 de junio de 2012, 22:00h
Muy querida nieta Cristina:


    Te vuelvo a escribir porque olvidé mencionarte unos detalles sobre mi aldea que me parece tenés que conocer antes de visitar la cuna de los Fernández. También me acordé ---acá arriba tengo mucho tiempo libre--- de una coincidencia entre emigrantes que me relaciona con el abuelo paterno del buenazo de Néstor.


    Pero, bueno, vamos por partes. Lo primero es ponerte en antecedentes sobre la indudable procedencia de tu carácter. Los que te critican desconocen que heredaste el sentimentalismo atlántico que sale de los manantiales de agua fresca que llenan A Fonsagrada de música. Lo que te quiero decir es que vos no tenés nada de mediterránea. Por eso es que no te afectan los chistes malos que intentan infravalorarte. La misión que te encomendaron, a través de las urnas, es demasiado importante para andar "gastando pólvora en chimangos".


    En nuestro querido rincón porteño predomina el guaranguismo, es decir, la risa fácil que le atribuye a un vecino o a un compañero de clase un cierto defecto . No es humor,no, es la típica burla expiatoria para escapar de nuestra imagen en el espejo. Mi culto paisano Alfonso Rodríguez Castelao ---fallecido en 1950 en el gran Centro Gallego de Belgrano y Pasco--- decía que "el humor es cosa seria". Así es para los gallegos que somos alegres cuando hay que serlo pero que no andamos todo el día "ji-ji-ja-ja" con las desgracias ajenas.


    Los que te conocen admiran tu fortaleza espiritual pero no se imaginan que su origen está en los bosques de las parroquias de San Pedro de Neiro y Santa María de O Trobo. Los que nacemos en medio del monte crecemos al ritmo de la hierba y los árboles son todos ellos de nuestra familia. No estoy filosofando, simplemente constato una realidad que es muy distinta del mundo urbano en el que vos naciste. Un buen ejemplo lo tenés en los árboles. Nuestros robles nos dan madera para todo tipo de mobiliario y bellotas para alimentar a los chanchos. En la ciudad un árbol está fuera de su casa. Es un problema. Las raíces levantan las baldosas y las hojas ensucian las calles. Si dan alguna clase de coquito, ¡ojo!, te podés romper una pata si al pisarlo, patinás.


    Todo lo que te comento vos ya lo sabés pero a los viejos nos gusta repetir siempre la misma historia. A vos Cristina no te trasplantaron. Yo en cambio me tuve que adaptar rápidamente a ver cemento por todas partes. Al principio me faltaba el aire pero enseguida aprendí el oficio de sastre y centrado en el laburo se me fue apaciguando la nostalgia.


    Ahora voy a pasar al abuelo de Néstor. Se llamaba Karl Kirchner y era de Interlaken en el norte del cantón de Berna. Acá encuentro otra coincidencia conmigo. Era agricultor en una zona montañosa en la que los recursos escaseaban. Su familia al igual que la nuestra tenía que organizarse muy bien para poder morfar durante los larguísimos inviernos. Karl emigró y su nieto se casó con mi nieta. Fue el destino, decimos nosotros, el que unió a dos herederos de las montañas del norte al amparo del sureño sol argentino.


    Me despido. Perdonáme si a lo mejor no me expliqué bien. Recibe un abrazo y un biquiño ---todavía me acuerdo como se dice en gallego--- del abuelo que no te olvida.


                                Pascasio Fernández Gómez

   
   

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