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Las enfermedades del jefe de Estado

Las enfermedades del jefe de Estado

Las enfermedades de los jefes de Estado -reales o simuladas- suelen tener un profundo impacto en la sociedad. Revisemos algunas páginas de la historia: Comencemos por Lenin. Años de agotadores esfuerzos fueron minando el físico del personaje. Sufría de insomnio, irritabilidad, dolores de cabeza, decaimiento, fiebres e infinidad de otros males atribuidos al estrés revolucionario. Todos eran síntomas, porque la verdadera causa de su enfermedad era mucho más grave. Versiones posteriores a su fallecimiento parecen indicar que su mal coincidía con la evolución clínica de la neurosífilis. Sin embargo, su muerte fue finalmente el resultado de al menos tres accidentes cerebrovasculares. Desde 1920 experimentaba breves pérdidas de conciencia. Cuando sus facultades mentales declinaron, su enfermedad se transformó en un secreto de Estado y fue ocultada al pueblo. Al final Lenin -enfermo- se transformó en un prisionero de Stalin. En su afán por controlar el poder, a Stalin le convenía un Lenin discapacitado pero vivo. De esta forma fue aislado, mientras Stalin controlaba las informaciones que el mundo recibía sobre el líder supremo de la revolución quien en apariencia aún conservaba el mando. En la práctica, era Stalin quien había ocupado su lugar, aprovechando el tiempo para apoderarse del dominio burocrático absoluto, de la nomenclatura y para deshacerse de sus adversarios. Finalmente Lenin muere en marzo de 1924. Fue embalsamado y colocado en exhibición tras un muro de vidrio en un mausoleo en la Plaza Roja de Moscú. Su cuerpo se transformó en una suerte de trofeo que, aun muerto, servía para afianzar el poder de Stalin. El caso de Lenin pone de manifiesto la necesidad de transparencia cuando la salud de un estadista está en juego. Al esconder la incapacidad del líder durante la etapa final de su enfermedad se facilitó la usurpación del poder soviético por parte de Stalin. Esto demuestra las terribles consecuencia que puede tener la desinformación acerca de la salud de los líderes políticos. Se trata de una lección que cada día cobra mayor relevancia. Peores suspicacias podrían desatarse en el caso teórico de algún Mandatario enfermo que, conservando el cargo, se colocase en manos de una potencia extranjera. Pero también la historia nos muestra casos en los cuales la salud de un Presidente puede transformarse en la causa de que pierda el poder. No tenemos que ir muy lejos para constatarlo. Aquí mismo, en Venezuela, tenemos el caso de Cipriano Casto. El "cabito" gobierna desde 1899 hasta 1908. Modificó la Constitución para reelegirse y también para alargar su período presidencial. Nueve años duró el gobierno de Castro. "De esos nueve años -afirma Jorge Olavarría en su libro 'Gómez un enigma histórico'- cinco habían sido de sangrientas guerras internas, y gravísimos conflictos internacionales; y cuatro de incesante agitación y tensión interna y externa... ". Audaz caudillo, retaba a las potencias del mundo entero con lo cual terminó por aislar a Venezuela. Finalmente una enfermedad de los riñones lo obliga a abandonar el país -en noviembre de 1908- para someterse a una cirugía en el exterior. Deja encargado temporalmente al vicepresidente, Juan Vicente Gómez. A poco de zarpar el vapor "Guadaloupe", sus seguidores lo abandonaron. Nunca más regresaría al país, cuyo destino quedaría en manos de Gómez hasta su muerte ocurrida en diciembre de 1935. El temor a que una situación de este tipo pudiera repetirse es quizás una de las causas por las cuales algunos mandatarios prefieren no encargar a sus vicepresidentes cuando se ven obligados a salir del país por razones de salud. Pero también se da el caso de jefes de Estado que simulan enfermedades, quizás con la tortuosa intención de observar la reacción de sus seguidores. El propio Juan Vicente Gómez fue un maestro en este tipo de ardides. Cuando finalmente falleció, nadie se atrevía a creerlo. Incluso se dice que murió antes de la fecha oficial, pero que el anuncio se aplazó para que su muerte coincidiese con la de El Libertador. Y desde luego tenemos el caso de Fidel Castro. Tal como lo hizo en varias ocasiones, en 1997 Castro desapareció por más de tres meses, desatando rumores acerca de su muerte. Finalmente cuando reapareció, declaró a la prensa: "Todos tenemos que morir; algún día pasa". Después -en tono jocoso- agregó: "Cuando realmente ocurra, a las autoridades cubanas les será difícil convencer al pueblo de que es cierto". [email protected] @josetorohardy
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