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Fernando Forest Dragó y el bueno de mi padre

Fernando Forest Dragó y el bueno de mi padre

He leído la tontada de Dragó del viernes. Había pensado hacerle una réplica inteligente, basada en muchos auctoritas de enjundia –todos anteriores al siglo XVIII, of course- pero renuncio. Primeramente, porque es un pobre viejo que ya no se aguanta los pedos y al que la ancianidad le está llevando por el camino de los desnortados. Pobre hombre, 貧しい男性.                Hay más razones, claro, además de la compasión por los débiles y los viejos que me enseñó mi padre. Está también la dificultad de contestar a una regurgitación en la que un párrafo niega una cosa y el siguiente la defiende, claro que también podría ser el terrible efecto secundario de la anfibología, el cáncer de los vomitadores de palabras que desconocen la gramática y la sintaxis de nuestra hermosa lengua. [Si yo fuera una mala persona insinuaría que en realidad el problema se reduce a una conocida dolencia de viejos, la demencia senil. Mas soy buena gente, jamás insinuaría cosa semejante. La escribiría por derecho que es como las personas cabales hacemos las cosas]. Pobre hombre, 貧しい男性. En psicología infantil hay una figura analítica que, simplificada para que él también lo entienda, dice que es en la tercera parte de la exposición del niño cuando se revelan las verdaderas motivaciones de su conducta. De todos es sabido que la senilidad es el retorno a la infancia, solo que sin su inocencia. Es un retorno podrido cuyo hedor es heraldo de la muerte. En este viejo acibarado, sin embargo, el retorno a la “im-pubertad”, a la pérdida del vigor sexual, a la flacidez atormentadora del in-sementibus que ya no puede padrear, es lo que le tiene en el enervante estado de la bestia antes de morir. Pobre hombre, 貧しい男性. Hacia el final, pues, de su vómito senil contra los indignados, leemos el verdadero motivo de su rabia: Punset, Bucay, Coelho, Sampedro y Hessel publican mierdas semejantes a las suyas pero venden mucho más. Mucho, muchísimo más. Dragó, pesetero por nacimiento, yenista por adopción, eurófago por conveniencia y dolarense en sus fantasías sexuales, no solo es un pésimo escritor, además no vende un moco; perdón, una mierda. Ahí reside su dolor rancio contra todo y contra todos –excepto las niñas de trece años, cosa en la que coincide con el Sostrecillo Kaliente, con K de Kafka, ese que no vendió ni un solo libro en toda su vida y que en una sola cartilla de primaria demostró más talento que el de estos dos tontolabas juntos-. Toda su amargura es un monomio simple que no habría tenido la atención de Averroes o de Al-Warizmi (yo también sé citar a la buena de Dios… o de Alá): no se come un colín con sus libros y solo puede vivir de lo mismo que el otro majadero, de las migajas que el inteligente y poderoso Pedro J. deja caer en sus escudillas de indigentes. En fin, papá, sé que no te parecerá bien esta columna porque no respeto a un anciano que ha perdido el norte. Quizás valga en mi descargo que nunca lo tuvo, que la brújula con que todos los humanos nacemos en este pobre hijo de póstumo y padre de una mujer con nombre de indigenista peruano y avergonzada de los apellidos que le diera, nunca funcionó cabal. Fíjate, papá, si tendré razón que se queja en su artículo de que Hessel escriba panfletos de 40 páginas, y le llama vago por eso, o de que los acampados en Sol no peguen un palo al agua, según él que los conoce a todos, como en el chiste: ¿Sabes cómo se llaman los nacidos en Canadá? ¿Pero todos? Se queja con su facundia de la escasa laboriosidad, él, que firma con su nombre los libros que escriben otros, pobres negros a los que paga miserablemente y trata como el massa a Kunta Kinte. ¿Sabes, papá? Prefiero aguantar tu regaño a callarme ante este pobre majadero, 貧しい低能者, por muy senil y amargado que esté. Lea también: Sánchez Dragó o cómo indignar más a los ‘indignados’
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