Olvídese de la Disneylandia para grandes en la que se ha convertido una visita a Cusco —con derecho a cajita feliz andina y dice que quinua real peruana incluida—. Para conocer una de las manifestaciones del Perú genuino, cultura milenaria viva, de la legítima conciencia de los pueblos sobre la madre tierra hay que mirar del lado opuesto a Cusco, hacia la fiesta del Qoillor Riti, la mayor peregrinación de pueblos indígenas de América, una tradición precolombina que, gracias a Dios, no está aún distorsionada ni por la política, el activismo ecológico, ni la industria turística.
A estas alturas del año, las fraternidades de fieles deben estar reuniéndose en Cusco en las casas de los ukukus, las autoridades de una celebración a la que ni la Iglesia Católica ha conseguido domar. Los fraternos preparan comida y sus trajes de osos o “pablitos” para un peregrinaje mítico y profundamente espiritual.
Dos días antes del Corpus Christi, todos llegan a los pies de una montaña a dos horas de la ciudad, para iniciar el peregrinaje cima arriba. Van al encuentro del glaciar. La única compañía para los más de 36 mil fieles que se trasladan por caminos de herradura que serpentean las faldas de los nevados, ya sea a pie o a caballo, es la luna llena que ilumina los de senderos.
El amanecer allí es mágico, no sólo por el espectáculo natural que brindan las montañas, sino por la devoción de la gente. Literalmente, miles y miles de fieles descienden bailando de la montaña nevada formando figuras de colores que saltan al son de la música cansina y envolvente. Indígenas de la cabecera de la Amazonía y representantes de pueblos andinos se mezclan con gente de las ciudades reunidos por la fuerza de la tradición. Y todo esto para rendirle tributo a la fuente primaria de vida, el agua.
Mas lo que ni la conquista, la república o la fe cambiaron, ahora está sufriendo los efectos del calentamiento global. Los ukukus han prohibido la costumbre de sacar bloques de hielo del glaciar para que los “pablitos” los lleven bailando por dos días hasta Cusco. Esta reserva natural de agua ha disminuido a la mitad en los últimos 10 años. Y sólo algunos osados se atreven a robar pedacitos de hielo, so pena de ser castigados y no volver más al seno de sus fraternidades.
Los devotos del Qoillor Riti se han dejado de imposturas y demuestran una conciencia ecológica real, cambiando una costumbre milenaria para preservar lo que veneran. Viendo esa ciudadela improvisada de carpas de nylon azul que ondean en la gélida, brumosa montaña y el ritmo del hormigueo de una multitud salida de la nada, no se puede evitar un enorme pesar al saber que esa fiesta tiene los años contados.
Ya bajo la influencia de una fiesta nada espiritual, de este lado de la frontera, nos empeñamos en aumentar nuestro liderazgo internacional por contribución per cápita al efecto invernadero en forma de autos basura y chaqueo. Ni pizca de remozo por la amenaza o la incongruencia infinita que de esto se desprende.
Sin conciencia hemos decidido emular el “sueño americano” de un autito para todos, aunque contamine. Porque más allá del impacto en las finanzas públicas por el aumento de la importación de carburantes, más autos promueven mayor producción de hidrocarburos aquí o allá. Cuando sabemos que ése es el camino incorrecto y que lo que debiéramos promover con fuerza es la concientización en el uso de los recursos naturales, el transporte público masivo y barato; sin mencionar que la “costumbre” del chaqueo parece más una manía pirómana y un modo de vida suicida que una simple necesidad. Lo grave es que el planeta, la evidencia grita por todo lados, no entiende de cuentos, y ya nos está pasando la factura, hasta en lo poco que nos queda de más auténtico como género humano.
Tomado de la edición del 16/06/2011 de La Razón