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Anagramas

Anagramas

El hombre decidió caminar sin rumbo fijo. Instintivamente va hacia la plaza Rodríguez Peña. Por lo general comienza sus caminatas de ese modo. Mientras camina recuerda algunos anagramas de su adolescencia: amor, Roma, Omar, ramo. El poeta André Bretón denomina a Salvador Dalí con el anagrama de su nombre: Ávida Dollars. El hombre evoca algunos palíndromos: oso, Ana, anilina, ananá. Más complejo, en frases: Dábale arroz a la zorra el abad. Literario, de Guillermo Cabrera Infante: Nada, yo soy Adán. En galego: A torre da derrota. De nuestro Julio Cortázar: Átale, demoníaco Caín, o me delata. En latín: Signa temere me tangis.  El hombre no sabe para qué sirve todo eso, pero lo entretiene. A veces lo entretiene. Sabe, mientra ha cruzado la plaza Vicente López, que Alemania tuvo a Hitler pero también tuvo a Wagner y a Goethe. Sabe que España tuvo al Generalísimo Franco pero también a Cervantes o a Goya. Que Italia tuvo a Mussolini, Benito, pero a Dante, a Leonardo, a Verdi. En fin, no quiere hablar de política, no quiere pensar en política. Intuye que esos países tuvieron historias muy grandes detrás para derrocar imbecilidades, errores, tragedias. Emperadores o reyes fueron marcando grandes movimientos culturales, sociales, históricos. El hombre cree que Sarmiento y Victorica no alcanzan. El hombre se convirtió con los años en un nadador permanente. Siempre hizo deportes; comenzó siendo pechista - toda su familia nadaba pecho, él aprendió con Pico - y continuó con box, pelota a paleta y sobre todo, fútbol. Jugó al fútbol hasta los cincuenta y cinco años. Regresó, hace cinco años, a su antigua pasión. Nada en Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, es socio desde los diez años, es vitalicio. Pero igual debe pagar una cuota. Cosas del país, cosas de las comisiones, cosas del poder. Cosas de la desintegración.  El hombre se ha enterado que bautizaron el natatorio con el nombre de Horacio Iglesias. Un justo homenaje, sin duda. Pusieron una placa de bronce con su nombre. Lo que la placa no dice es que fue cinco veces campeón mundial de aguas abiertas. Falta la palabra mundial. Un detalle menor. El hombre pregunta a socios y autoridades cómo se llama el natatorio. La mayoría - años, décadas yendo y viniendo - lo ignoran. Pregunto -  a funcionarios y a socios vitalicios -  porque desde mi infancia conocí el natatorio con el nombre de Alberto Zorrilla. Es más -les cuento, les explico, les señalo-  que la placa sigue en el mismo lugar, justo enfrente de donde colocaron la nueva (sin la palabra mundial)  hace muy, muy poco. Victoriano Alberto Zorrilla, primer campeón olímpico de Sudamérica, único de la Argentina, cuatrocientos metros libres, Ámsterdam 1928. Aquí estamos, mirando, caminando por los parques que rodean el Museo Nacional de Bellas Artes. Se entregó el Premio ArteBa-Petrogas de Artes Visuales. La obra es una instalación que se compone de una bolsa, un par de zapatos y algunos calamares muertos. El autor es Carlos Herrera. La gente debe oler el interior de la bolsa. Interesante la obra. Intentará hacer una en el cuartito de los cuadros y regalársela a la vecina o a su tía. No tienen contacto con el arte contemporáneo.  También hay un cuarto de los destrozos, una performance. Se llama Roto. Una artista rompe todo lo que tiene a mano mientras dure la feria. Rompe todo con un martillo, un taladro o una sierra mecánica. Bellísimo. Los comentarios son buenos, el público sale feliz, los artistas llegan a lo sublime. El hombre entra a su casa. Anoche soñó con la mujer amada, con la mujer de los ojos marinos. Estaba desnuda sobre una cama verde. Apenas se le veía el rostro. Su cabellera era un abanico abierto, su sonrisa adolescente. Sobre el pubis flotaba una rosa roja, siciliana. El hombre llevaba una gorra negra, de cuero, y una camisa azul. Buenas noches, que descanse.  Carlos Penelas Buenos Aires, junio de 2011
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