22-M: Análisis Elecciones municipales - País Vasco
- País Vasco -
El camarote de los líos
Félix Hereña
Un cariacontecido Iñigo Urkullu, presidente del PNV, dejaba claro al término de la jornada electoral, en plena marejada de datos y especulaciones, su “negativa a la política de bloques en un país donde prima la complejidad política”.
En otro escenario, el dirigente socialista vizcaíno, José Antonio Pastor, manifestaba la determinación de su partido a “explorar con todos los partidos, a excepción de Bildu”, posibles alianzas para hacer gobernable el País Vasco. El candidato del PSE a la Diputación de Vizcaya invita a populares y peneuvistas a alcanzar acuerdos a través de una estrategia de vasos comunicantes donde prime el deseo de apartar a Bildu de centros de poder y gestión, como sin duda lo son San Sebastián y Gipuzkoa.
Otra de las consecuencias del 22-M es que se simplifica el mapa político dejando a los partidos minoritarios fuera de las capitales y de las Juntas Generales -parlamentos provinciales con capacidad legislativa-. Ahora, y de forma más nítida, observamos la existencia de dos partidos nacionalistas, PNV y Bildu, y a otros dos de obediencia estatal, PSE y PP.
Sobre estas cuatro formaciones políticas tendrá que modelarse un país que, como dijo Urkullu en su comparecencia ante los medios de comunicación, los votos obtenidos por la coalición Bildu suponen el final de ETA y la apertura de un nuevo tiempo político.
El quid de la cuestión es determinar hasta qué punto los políticos vascos pueden actuar dejando fuera de juego al 25% de la población. Un porcentaje nada desdeñable al que no habrá que ningunear, aunque seguirá siendo lícita la reticencia a la colaboración porque el pasado es reciente.
Lo decía un más que satisfecho Azkuna tras confirmar su mayoría absoluta: “vivimos en un país muy complejo y por tanto hay que actuar con mucha tranquilidad”.
El alcalde bilbaíno ya sabía para esas horas que Alava es mayoritariamente popular, de igual forma que es el PNV el dueño y señor de Vizcaya y que Bildu cifra su respaldo en Gipuzkoa en el 34’6% de los votos válidos emitidos.
El PNV, primera fuerza de Euskadi, acaba de encontrar en el desván el espejo en el que nunca se quiso mirar: la hora de la definición. Los seguidores de Arzalluz han conocido en estas elecciones el amargo sabor de perder el territorio más soberanista e independentista y traslada, supongo, una cierta inquietud hacia los más doctrinarios. Quien fuera considerado un “michelín” por un tal Xabier ha sabido beber la miel de los triunfadores; por el contrario, el delfín de Xabier Arzalluz, Joseba Egibar, ha vuelto a amargarse con otra pérdida de votos.
El próximo día 11 de junio es la fecha de constitución de los ayuntamientos y el día en el que caeremos en la cuenta de que la mayoría de los concejales votaron una papeleta independentista con todas sus consecuencias.
Estaría bien suministrar a los inquilinos del camarote una cierta dosis de paciencia no exenta de manjares tan exquisitos como la resultante del maridaje entre el sentido común y lo pragmático.
Félix Hereña
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