Cuando pasen las elecciones territoriales estaremos en el prólogo de las generales sin Zapatero y el socialismo abrirá el abanico de unas primarias. Se mantendrá la esperanza de un cambio del partido gobernante pero Rajoy habrá perdido la exclusiva de un cambio de persona. Quizá se presente un vicezapaterismo continuista con las propuestas oficiosas del trío Rubalcaba, Bono o Chacón, pero el resultado de las elecciones territoriales está por medio y, lo mismo sea catastrófico que de mantenimiento, se agitarán las aguas de un postzapaterismo inconsecuente. Pueden surgir tentaciones a presentar candidatos con pedigrí económico crítico con la mal gestionada crisis – Almunia, Fernández-Ordoñez, Solchaga- o con pedigrí internacionalista, desde Solana hasta Bernardino León, el candidato de la hija de Ramón Jáuregui, que algo habrá oído en casa, además del recurso a los supervivientes de las autonomías como Fernández Vara o Patxi López.
Estaremos en trance de escuchar la música de “El abanico”, la marcha que se toca mientras se pasa revista a las tropas. Un abanico de opciones que deja sobrepasada la disyuntiva Zapatero o Rajoy a que nos han sometido durante siete años. Por ahora, el Partido Popular solo se ventila con el paipay exclusivo y excluyente de la cara de Rajoy que no aporta nada nuevo. Trasladar el resultado de las encuestas Zapatero-Rajoy a lo que salga del abanico es, cuando menos, una temeridad. Las primeras encuestas tras el simple anuncio de un futuro sin Zapatero reducen a la mitad la ventaja del Partido Popular frente al PSOE. Un aviso significativo de cómo las personas pueden modificar la opinión pública por encima de las etiquetas partidarias.
La previsible catarsis por la que va a pasar el Partido Socialista puede mejorar sus malas perspectivas electorales o agravarlas. Pero la atención mediática a dicha catarsis y la sensación renovadora que puede presentar no son factores a los que se pueda contestar eficazmente con un quietismo Tedioso. España es, hoy, una sociedad suficientemente madura para entender un cambio de circunstancias y valorar una programática con proyección de futuro sin empecinarse con las críticas partidistas, por fundamentadas que estén, a un liderazgo desafortunado y felizmente pasado.
Por ello es necesario marcar claramente las diferencias y no difuminarlas, no solo en política económica sino en intransigencia frente a la corrupción y en ambición reconstructora de un estado desajustado, sin concesiones gratuitas a la dispersión autonómica. No vale prorrogar la misma música con los papeles de poder y oposición intercambiados. El nefasto ciclo de Zapatero ha terminado para todos, tanto para los suyos como para sus adversarios.