Las transiciones árabes y los dividendos de la paz y de la guerra
Por fin entiendo lo que Kissinger quiso decir con los dividendos de la paz, que los simples ciudadanos nunca llegaron a ver. Había caído el telón de acero con los martillazos dados al muro de Berlín en 1989 y la apertura de las fronteras entre las dos Alemanias. Se suponía que lo que se gastaba en guerra fría y armamento para proteger del comunismo se invertiría en desarrollo económico y a través de él en bienestar social para toda la humanidad, y otras cláusulas de estilo que forman parte de la retórica habitual de los políticos. Aunque la guerra entre Estados Unidos y Rusia, Este y Oeste, no hubiera tenido nunca lugar porque habría significado la destrucción nuclear mutua, las guerras locales o de liberación se habían multiplicado y en solo una década, la de los años sesenta, la mayoría de las colonias alcanzaron la independencia.
Pero muy pronto el enemigo nº 1, el comunismo, dejó paso al enemigo nº 1 bis, el integrismo y el terrorismo impropiamente llamados islamista. Volvieron las guerras y las intervenciones exteriores, y los dividendos de la paz fueron invertidos rápidamente en otras guerras. Así es que ahora lo que en el mejor de los casos nos puede aguardar son los dividendos de la guerra, que el simple ciudadano tampoco verá nunca porque por el momento contribuyen a que caigan unos tiranos y al mismo tiempo a que otros se mantengan y se vuelvan más ricos.
Si las profecías apocalípticas de algunos think tanks económicos se cumplen y para fin de año el barril de petróleo ha alcanzado el precio de 300 dólares, no hay que ser un lince en economía para saber que llenar el depósito del coche, que hace unos años nos costaba alrededor de 50 euros y hoy unos 70 euros, nos costará, si la profecía se cumple, unos 210 euros. Los transportes se encarecerán, los productos industriales y manufacturados también, y el nivel de vida descenderá. Paralelamente los estados ingresarán mucho más y los políticos mejorarán su estatuto económico, y los ricos países productores de petróleo hasta ahora eximidos de esta especie de revolución que se ha extendido por el mundo árabe, dispondrán de unos excedentes financieros fabulosos que les permitirán no solo construir ciudades en el mar sino influir en el resto del mundo. Para entonces no nos amenazará el integrismo sino el conservadurismo.
Son tantas y tan costosas estas nuevas guerras que han convertido a Estados Unidos al multilateralismo, un sistema que se parece mucho al temido copago de la sanidad. Es verdad que Estados Unidos pone lo esencial del esfuerzo militar de la OTAN y paga muchas guerras pero son, al fin y al cabo, las guerras que Washington escoge y, a las que marca sus objetivos y la estrategia para ganarlas o perderlas. Esas guerras, y sus efectos colaterales, son ahora también nuestros y cada vez parece más absurdo que nuestra seguridad haya que defenderla en Kabul , y tal vez en el futuro en Islamabad o Teherán. Eso sin contar con la manipulación y magnificación que algunos gobiernos árabes, para mantenerse en el poder, hicieron de su propia amenaza terrorista.
En lo que va de revolución árabe la OTAN, animada por el ardor bélico de un presidente Sarkozy que parece que va a perder la reelección, ha intervenido en Libia en una guerra de desenlace dudoso y en la que la Unión Africana, que ahora media, puede ayudarle a salir airosa; sigue con mucha atención la evolución en Egipto y Túnez para que la transición si la hubiere no se desmadre; y hace todo lo posible para proteger a Marruecos, un socio preferido y con estatuto avanzado en la UE.
Siria, un país incómodo para sus políticas en Oriente Medio, sigue reprimiendo a sus manifestantes con fuego real sin que por el momento el deber de ayudar consagrado por la ONU en 2005 aparezca por el horizonte. En el Golfo árabe o pérsico, los ricos estados productores de petróleo parecen dictar el menú diario. Qatar que además es la sede de la temida Al Jazira, una especie de wikileaks permanente, desempeña un papel que excede con mucho sus posibilidades; Arabia Saudí en nombre del Consejo de Cooperación del Golfo ha intervenido militarmente en Bahrein para mantener a la familia gobernante sunita y antes presionó a La Liga Árabe y sobre todo a Estados Unidos para que intente cambiar al régimen de los ayatolas de Teherán.
De algo se puede estar seguro: el presidente de Yemen, Ali Abdullah Saleh había resistido hasta ahora la presión de su pueblo que le pedía que abandonara el poder. Sus días pueden estar contados ahora de verdad después de que los países del Consejo de Cooperación del Golfo le hayan pedido, amablemente o no lo ignoro, que abandone el poder.
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* Domingo del Pino es especialista en el mundo árabe, ex delegado de la Agencia EFE en Marruecos, ex corresponsal de El País para el Norte de Africa, fue miembro de la Euro Med and the Media Task Force de la Comisión Europea y, actualmente, es miembro del consejo editorial de la revista bilingüe Afkar/ideas; colaborador de Política Exterior y Economía Exterior; de la Revista Española de Defensa; y director del Aula de Cooperación Internacional de la Fundación Andaluza de Prensa.