Mundo árabe, pros y contras de la revolución
En el cuarto mes de manifestaciones y revueltas árabes parece obvio que la globalización de la revolución no funciona tan bien como la de los flujos de capitales. Es verdad que Ben Ali y Hosni Mubarak abandonaron el poder, pero los egipcios tuvieron que volver a la plaza At-Tahir para recordar que existen. En las últimas semanas hasta parecía no que Mubarak pudiera regresar , pero sí que el mubarakismo no se va a marchar. La pregunta pertinente es si el mariscal de campo Hussein Tantawi, el hombre que acompaño al régimen de Mubarak como ministro de Defensa y hoy preside el Alto Consejo de las Fuerzas Armadas que tutela la transición democrática, puede llevar a Egipto a la democracia habiendo sido él parte activa del régimen de corrupción y prevaricación de Mubarak. Aunque no parezca posible, los dictadores suelen tener partidarios. Más o menos, según el tiempo que hayan estado en el poder.
En Túnez el ejército también es garante de que la transición no se propasará, mientras que el número exagerado de partidos políticos surgidos confirma la vitalidad del atractivo negocio de la política. Ciertamente que en los dos casos, Egipto y Túnez, hay reformas en marcha, pero solo el tiempo dirá hasta qué punto cambiarán los usos y costumbres.
En Libia Gaddafi se mantiene en el poder demostrando que cuando un dictador cuenta con lo esencial del ejército, es dificilísimo destronarle. Ahora la Coalición occidental no solo tiene enfrente al dictador, a su familia y a lo que queda de su régimen, sino en cierto modo a los rebeldes. Parece que con razón porque les han bombardeado a ellos también, y eso no suele gustar aunque en las guerras sea habitual que el fuego amigo cause también bajas. Qué solución a la vista y cuándo es difícil de predecir, salvo que se esté considerando la partición del país, que sería como dividir el petróleo entre Gaddafi y la rebelión, y equivaldría a que Occidente se ha embarcado en una burda maniobra por el petróleo.
Sigue en primera línea de actualidad la revolución en Yemen porque el Presidente Ali Abdullah Saleh multiplica las estratagemas dilatorias para no abandonar el poder. La tentación de dividir al país en dos puede ser muy fuerte. Al fin y al cabo el actual Yemen lo compusieron dos países hasta mayo de 1990. Uno conservador al Norte, con capital en Sana y en la órbita de Arabia Saudi, y otro revolucionario al sur, con capital en Adén, y en la órbita chino-soviético-cubana. Esa zona sur es el refugio hoy de un terrorismo que si el país fuera dividido quedaría tan aislado como lo está el terrorismo argelino en la franja saheliana del norte de África.
Siria, un país siempre temido por propios y ajenos, que el intelectual libanés Edouard Saab llamó la revolución rencorosa, reprime a sus manifestantes con fuego real, como ya hiciera varias veces en el pasado. Siria es percibida como aliada de Irán y como elemento perturbador en la región, pero si Damasco y Teherán son aliados en algunas cuestiones, es porque sus intereses exteriores coinciden. Las semejanzas terminan ahí. La revolución que promovían Siria e Irak en Oriente Medio desde el inicio de las independencias de la colonización, y antes del advenimiento del jomeinismo, era la baasista, una versión árabe del socialismo, aconfesional aunque eminentemente militar y escasamente democrática.
Los cristianos de Líbano tuvieron siempre una relación ambivalente con una Siria que al fin y al cabo consideraba que el Monte Líbano les fue amputado de la Gran Siria otomana por la colonización francesa. Pero la seguridad de los cristianos libaneses estuvo en muchas ocasiones garantizada por Damasco.
En el conflicto árabe israelí Irak y Siria constituían el llamado Frente del Rechazo de toda solución que no fuese la de paz por territorios que establecía la Resolución 212 de la ONU. Irak fue ocupado en 2003 por Estados Unidos y en teoría ha perdido su vieja militancia, y Siria parece limitar su intransigencia actual a que le sea devuelto el territorio del Golán, que Israel ocupó en 1967 y anexó en 1981. Así es que si en la percepción occidental de las revueltas en Siria pudiera existir algún subconsciente relacionado con el conflicto árabe-israelí, porque Siria manipula al Hizbulá libanés aunque positivamente porque actúa de contrapeso a su manipulación por Irán, y sirve de santuario a organizaciones palestinas radicales, esta revolución siria en marcha pide ante todo democracia y libertades, respeto de los derechos humanos, protección para las minorías, y estado de derecho.
Marruecos , y por motivos diferentes Argelia, gozan de un prejuicio favorable de Occidente. Lo de Marruecos se comprende porque tal vez los marroquíes puedan lograr una evolución democrática y no una revolución que no siempre, más bien nunca, desemboca en una democracia. Argelia porque una revolución puede reavivar viejos fantasmas de la década de los años noventa y parte de la década de los 2000. El inconveniente es que los argelinos parecen ansiar salir del camisón de fuerzas corrupto y relativamente incompetente en lo económico de los militares que de verdad mandan, pero sin caer en manos de la marea integrista.
Quedan los ricos productores de petróleo del Golfo, pero esa es otra historia.
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* Domingo del Pino es especialista en el mundo árabe, ex delegado de la Agencia EFE en Marruecos, ex corresponsal de El País para el Norte de Africa, fue miembro de la Euro Med and the Media Task Force de la Comisión Europea y, actualmente, es miembro del consejo editorial de la revista bilingüe Afkar/ideas; colaborador de Política Exterior y Economía Exterior; de la Revista Española de Defensa; y director del Aula de Cooperación Internacional de la Fundación Andaluza de Prensa.