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Los clichés y los prejuicios son el primer producto de las estadísticas. Casi siempre injustos, provocan que unos -los no afectados- cuelguen un sambenito a otros -los afectados, claro- que a éstos les cuesta mucho quitarse de encima. Dos amigas mías, con más de 80 años, después de más de media vida sin poder ver la luz –ambas ciegas- constituyen un claro exponente de lo que digo. Las dos son acreedoras de valores y, sin razones objetivas para merecerlo, entran de lleno en esos clichés, cuando por su esfuerzo, inteligencia, humildad, voluntad y sencillez, han hecho siempre patente que ser ciega y mujer no es -ni mucho menos- sinónimo de ser analfabeta.
La primera, Victoria, nos dejó hace ya unos meses y, además de su ceguera, arrastraba consigo una diabetes que le deterioró la función renal de tal suerte que, al menos sus últimos 15 años, la obligó a estar literalmente enchufada tres días por semana a una máquina de diálisis.
La segunda, Teresa, fue enfermera y, como Victoria, ha vivido sola desde que se quedó viuda. No se conocían entre sí pero las dos son la prueba -repito- de que esos prejuicios son siempre injustos. Las dos con sus ocho decenios a sus espaldas, son excepciones de la estadística nacional y mundial sobre mujer y analfabetismo. La primera porque era una lectora impenitente y -doy fe de ello- una persona con la que se podía conversar acerca de cualquier tema de actualidad o relacionado con la literatura, la ciencia, la filosofía o la historia,… Siempre con su reproductor de “Libros hablados” (que daban voz a sus cintas con grabaciones especiales para personas ciegas), leía más de un libro por semana y durante todo el año: “De algo me tiene que servir la diálisis” -me decía-.
Teresa, también ávida lectora, oyente de radio, y voluntariosa usuaria de las nuevas tecnologías: se baja libros de la red, usa el programa Skype y cruza e-mails con sus amigos – entre los que me incluyo-.
Números
Las dos son situaciones excepcionales, ya lo sé. Pero ciertas, como lo son los datos sobre el número de analfabetos adultos en el planeta, que, a finales de 2010, era de unos 796 millones -las cifras son de la ONU-. De ellos, dos tercios, mujeres. En la población más joven, la situación no es tampoco muy alentadora. De los 67,4 millones de menores del mundo sin escolarizar, las niñas siguen representando más del 50%.
En España las cifras arrojan una proporción similar entre los adultos, ya que hay unas 868.000 personas mayores de 15 años que son analfabetas (el 2,25% de la población total mayor de 16 años (38.467.800) y, de ellas, siete de cada diez son mujeres (588.800), según se deduce de la última Encuesta de Población Activa (EPA) correspondiente al segundo trimestre del pasado año que he podido consultar en internet. Esa misma fuente anota que, afortunadamente, la situación entre la población española más joven es totalmente distinta ya que el número de analfabetos es menor cuanto más joven es la población. Y, prácticamente, no hay analfabetos entre los menores de 16 años porque la escolarización es obligatoria en España hasta esa edad.
Las estadísticas, aunque ciertas, están ahí para que personas como Teresa y Victoria las desmientan, aunque sea parcialmente, y nos permitan recordar que toda regla tiene su excepción y que -como dice el viejo proverbio- las apariencias engañan.