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El MAS busca y encuentra un discurso

El MAS busca y encuentra un discurso

Igual que para tantos célebres movimientos nacionalistas latinoamericanos, lo fundamental para el MAS es conmover y movilizar a la sociedad. No me gusta usar la categoría “populismo”, que a veces resulta cómodamente ambigua, pero esta característica nos lleva a pensar en ella, cómo no. Los detonadores del arrebato popular, la promesa del mañana, la esperanza del cambio, pero también la envida y el odio de clases, imperan sobre cualquier realidad o razón. En consecuencia, estos movimientos muestran una preocupación única por el gesto y el discurso de la hora. Podría decirse que existen como suspendidos sobre ellos, asentados en una nube simbólica. El estancamiento político del MAS a principios de año se debió a la perdida de esta etérea, pero efectiva base de sustentación. En dicho momento, y de pronto, el discurso y la gestualidad que habían arrasado la conciencia boliviana durante un lustro dejaron de funcionar. La invocación al estatismo perdió validez una vez que el propio Gobierno del MAS mostró entonces que la nacionalización petrolera había sido una gran puesta en escena. Un drama épico en el que, al final, y pese a todo, ganaban los “villanos”, esto es, las empresas transnacionales, pues éstas son las únicas con el dinero y los recursos técnicos para seguir explorando hidrocarburos en el país. El discurso contra el neoliberalismo, que tanta tela le dio al Gobierno en el pasado, perdió vigencia desde el momento en que el presidente Evo Morales se puso a despotricar contra la subvención a los combustibles y exigió el sacrificio del pueblo, que debía pagar más por ellos, para incentivar a las petroleras a buscar su materia prima. “Las empresas tienen derecho a ganar”, dijo Morales, repitiendo así, ay, el mismísimo discurso del archienemigo y demostrando, de un solo golpe, cuán vacío había sido el alegato de quienes, antes, habían propuesto que se prescindiera del mercado y se confiara únicamente en el Estado. El discurso contra el mercado, inspirador de gloriosas gestas, también dejó de funcionar de pronto, cuando la gente vio en su propia experiencia que el control de los precios y la venta directa de productos, las medidas magistrales del Gobierno para enfrentar la crisis alimentaria, sólo traían desorden, colas y desabastecimiento. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacen los populismos cuando se quedan sin argumentos, digamos, “internos” y no tienen ya cómo inflar su nube discursiva? Pues recurren a la confrontación con adversarios externos, claro. Inventan guerras, se ponen en apronte contra los países vecinos, hurgan en el patrioterismo, que es una pasión siempre maleable y siempre capaz de idiotizar a la mayoría, y por tanto muy útil para la manipulación de masas. Muy útil para recuperar un discurso que movilice, que tense las fuerzas, que permita olvidar las frustraciones de la vida diaria y la falta de resultados de los proyectos emprendidos. Un discurso que sostenga a los populistas en el poder. El MAS no ha sido la excepción. Primero arremetió contra Estados Unidos, cuándo no, con el plato recalentado de las supuestas conspiraciones de Usaid. No logró mucho; siguió de todas formas con “problemas de discurso”. Así que el pasado 23 de marzo armó y lanzó un misil de mayor potencia. Aprovechando el antichilenismo subyacente en la mentalidad colectiva, denunció que el Gobierno de Sebastián Piñera, con el que Bolivia estaba negociando una salida marítima, estaba engañando al país, por lo que éste recurriría a tribunales internacionales para hacer valer su posición. Al margen de la evidente reticencia del Gobierno chileno en las negociaciones mencionadas, sólo una extrema ingenuidad “bolivianista” puede pasar por alto el sentido político-ideológico de esta acción. El MAS buscaba un discurso y lo encontró. Hoy todo el país lo secunda de nuevo, dejando atrás las malas épocas. Y hasta las víctimas políticas del régimen, los ex presidentes que son enjuiciados, así como los aislados partidos de la oposición (con dignas excepciones), creen necesario secundarlo. Y se ponen a rellenar con su adhesión la nube simbólica sobre la que en este momento Evo flota (y también reflota, si se habla de las encuestas de popularidad). Se trata del discurso nacionalista más viejo de la historia del país, el mismo que esgrimió la mayor parte de los gobiernos, pero eso no parece importarle a nadie. Tampoco que, una vez disipado el fervor, nos encontremos, como es seguro, con que la cuestión de los juicios internacionales tampoco nos sirvió para nada. Lo único que importa ahora es que, por un tiempo, el MAS encontró una salida. Fernando Molina es periodista y escritor.
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