Libia: Hacia una probable intervención terrestre
Lo que parecía inevitable desde el inicio de la imposición de una zona de exclusión aérea al régimen de Muammar el Gaddafi, la necesidad tarde o temprano de una intervención terrestre, comienza a hacerse realidad. La prensa habla ya de la llegada de agentes y fuerzas especiales británicas y norteamericanas a Libia en una operación que por el momento es presentada solamente como preparatoria del envío de armas a los rebeldes. La escalada, sin embargo, sigue pareciendo inevitable porque aún en el supuesto de que se arme a los rebeldes, pronto se hará evidente que es necesario al mismo tiempo instruirles en el manejo de armas que tendrán que ser de cierta sofisticación para poder hacer frente con éxito a un ejército bien equipado como el del régimen libio. Más aún y en el supuesto de que los rebeldes se familiaricen con esas armas en un tiempo record, será muy difícil que venzan a un Ejército adiestrado y organizado, salvo que deserte un número importante de oficiales y tropa aún leales a Gaddafi. De lo contrario la zona de exclusión aérea, y la ayuda en armas a los rebeldes, solo habrán sido fases preparatorias de una intervención militar terrestre pura y simple.
De momento la dirección de las operaciones en Libia ya está claramente encomendada a Estados Unidos, cuyas intenciones parece difícil de predecir porque por un lado el Presidente Obama afirma que se trata de una operación limitada en el tiempo y por otro que el objetivo principal es que se vaya Gaddafi, lo cual abriría la posibilidad de algo más duradero. Como en toda guerra la información se mezcla con los rumores. En estos últimos días se ha hablado de que Gaddafi estaría en tratos con algún país latinoamericano que le pudiera acoger a él y a sus allegados caso de abandonar el poder. A simple vista solo se me ocurren tres países: Venezuela, Bolivia o Cuba, pero en el exilio los dictadores descubren pronto lo costosa que resulta la amistad y la protección de otros dictadores.
Lo evidente, hasta el momento, es la dificultad de derrotar a un dictador que ha decidido defenderse y contraatacar, que dispone de medios financieros para contratar mercenarios si los necesita, pero que además no parece tan abandonado por sus partidarios como originalmente se pudo pensar. El poder dictatorial sobre todo, da lugar a tales complicidades que al menos el círculo más cercano al dictador tiene que morir con él o huir con él. Es cierto que el ministro de Asuntos Exteriores, Moussa Koussa le ha abandonado, y es probable que otros dignatarios libios le sigan dado que a largo plazo no es lógico imaginar que Gaddafi pueda sobrevivir a las mayores potencias económicas y militares del mundo, Estados Unidos y la Unión Europea, decididas a desplazarle del poder. Pero hasta ahora no parece que vaya a ser fácil hacer que Gaddafi siga el largo y traumático camino abierto este año por otros dos dictadores: Hosni Mubarak y Ben Alí.
Gaddafi parece seguir correctamente el manual: ya lo decía Sun Tzu hace veinticinco siglos en su obra El Arte de la Guerra: hay que llevar la batalla allí donde el enemigo no esté y no la espere. El enemigo para Gaddafi es la coalición internacional que está y domina en el aire, así es que era previsible que el Ejército del dictador concentrase sus esfuerzos en ataques terrestres en especial para recuperar importantes zonas petroleras controladas por los rebeldes como Ras Lanuf y Brega. Con mucho mayor motivo porque tal vez imprudentemente algunas fuentes próximas al Consejo Nacional habían sugerido a la prensa internacional la posibilidad de que se reanudasen los embarques de petróleo desde esas zonas, lo que hubiera podido convertirse en un considerable balón de oxigeno para la rebelión.
La cuestión de fondo sobre la que deberíamos reflexionar los contribuyentes de los países de la coalición es si vale la pena el coste financiero y humano que una guerra supone en medio de una crisis internacional que trajo recortes sustanciales del bienestar general. Está fuera de toda duda que librar al mundo de dictadores, corruptos y en casos sanguinarios, o proteger a poblaciones amenazadas de genocidio, son acciones formidables que honran a Occidente. Pero conviene estar seguros de que lo que les suceda a esos tiranos sea diferente y mejor para los ciudadanos de esos países. Es pronto para decir qué sucederá en Túnez y Libia a Gaddafi y Ben Ali: ha mejorado el respeto de los derechos humanos y ciertas libertades pero de los “jóvenes de Facebook” se han eclipsado y los debates de la clase dirigente giran en torno a temas de siempre, mientras que nuevos viejos problemas, como el del retorno de los integrismos, preocupa a esas sociedades.
Otros artículos de este autor:
La revolución árabe se generaliza: ¿ayuda a todos o ayuda selectiva?
Transiciones árabes: las dudas de la coalición occidental
Lecturas recomendadas: La clase-Estado argelina 1962-2000
Libia, Siria, Yemen y Bahrein: Las difíciles transiciones árabes
Mundo árabe: la transición es posible
Intervención en Libia: La Unión europea puede derrotarse a sí misma
Libia: tres batallas que la coalición debe ganar: militar, civil, y opinión pública
Transiciones árabes: Marruecos cuenta con el apoyo de Occidente (1/2)
Libia-Consejo de Seguridad: Por fin un espacio de exclusión aérea
Transiciones árabes: Los obstáculos a las reformas en el Magreb II
Transiciones árabes: Los obstáculos a las reformas árabes I
El rey de Marruecos anuncia reformas constitucionales
El enorme excedente financiero árabe, un posible instrumento de desarrollo
Mundo árabe: transiciones inevitables, pero no garantizadas
* Domingo del Pino es especialista en el mundo árabe, ex delegado de la Agencia EFE en Marruecos, ex corresponsal de El País para el Norte de Africa, fue miembro de la Euro Med and the Media Task Force de la Comisión Europea y, actualmente, es miembro del consejo editorial de la revista bilingüe Afkar/ideas; colaborador de Política Exterior y Economía Exterior; de la Revista Española de Defensa; y director del Aula de Cooperación Internacional de la Fundación Andaluza de Prensa.