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Eduardo Calvo Souto, un tanguero bien gallego

Eduardo Calvo Souto, un tanguero bien gallego

El 28 de marzo de 1908 desembarca en Buenos Aires un joven padronés [nacido en el municipio de Padrón-A Coruña] de 15 años. Hago la suposición, pues no lo se, que venía en compañía de sus padres Antonio y Adelaida. Su estatura física era de 1.73 m y tenía los ojos de color castaño. Pasó a la historia del tango por una muy buena letra, la de Arrabalero, creación que sería suficiente para merecer un recuerdo, pero hizo mucho más que un exitoso tango. Para los gallegos Eduardo Calvo fue un verdadero pionero, pues antes que nadie hizo tangos utilizando la lengua gallega. Su tango Ramonciño  en el que homenajea a Rosalía de Castro deberá ser tenido en cuenta en futuras antologías de escritores de la emigración y también Corazón Gallego donde Calvo parafrasea una cántiga de nuestra música tradicional. Cuando Calvo escribe los tangos recuerda su tierra y no olvida a los gallegos emigrantes. En Ramonciño  la dedicatoria es de "Un tango argentino dedicado a la Colectividad Gallega de la República Argentina y América" y Corazón Gallego  va para la "Colectividad Gallega de Buenos Aires". La vida del emigrante padronés estuvo siempre relacionada con el mundo del espectáculo. Fue empresario de dancing y cabaret. Los comienzos fueron en un bar como simple camarero pero en 1919 es el gerente de la sucursal del Café Paulista de la avenida Rivadavia 2417. En 1930 regenta un dancing en la calle Lavalle 708. En octubre de 1934 era el propietario del cabaret Imperio de la calle Maipú 492. En 1939 se desempeña como administrador del bar Capital de Lavalle 769. En 1949 es el gerente del Moulin Rouge en Leandro N. Alem 292 (Alem non es otro que el apellido gallego Alén). Según cuenta Jorge Conte en comunicación a la Academia Porteña del Lunfardo, Calvo era persona de vida desordenada, por eso su situación económica, que pudo haber sido floreciente o por lo menos bastante desahogada, fue a veces apremiante. En 1941, José Nieto, encargado del edificio de Lavalle 769, donde funcionó el bar Capital, decía que Calvo estaba en situación muy precaria debido al mal uso de los negocios. Dentro de la literatura tanguera hay infinidad de ejemplos de bacanes amurados y de minas que yoran esperando el retorno de su hombre, pero como bien escribe José Gobello  la poseía de Calvo suena alegre como un himno de amor correspondido. Y diría que suena solitario y desacorde si no fuera porque, desde algún punto de vista, viene a constituir la versión suburbana de La morocha. No son muchos los tangos felices y Arrabalero es uno de ellos.  Es la suya una felicidad basada en la confianza y no está demás destacarlo porque la deslealtad es una de las constantes del tango, a tal punto que si fueran a juzgarnos a los porteños por lo que de nosotros cuentan los letristas se nos tendría por una raza de felones. A Arrabalero cuatro versos traviesos –los primeros— le sobran para resumir una historia de abandono que a no pocos poetas les habría exigido largas tiradas lacrimógenas. Y otros cuatro versos –los finales— les sobra también para dar el toque dramático aludiendo a la fugacidad inevitable del amor. Hablando del lenguaje que utiliza Calvo también Gobello destaca los méritos de la feliz creación del emigrante gallego: El léxico lunfardo adquiere en Arrabalero un matiz dicharachero y juguetón que está lejos del dramatismo de Contursi y del sarcasmo del negro Cele como de la caricatura de Ivo Pelay. Es –diría— un lunfardo familiar, accesible a todos pero imprescindible para determinar el contorno geográfico de la historia. Y ello constituye otra condición señalable de este tango humilde, pero genuino, que parece escrito para que lo canten las muchachas, mientras baldean, en las atareadas mañanas del suburbio, los patios de geranios. Otros tangos de Calvo que merecen un recuerdo son Rezongos (música de J. Rizzuti), Pinturita (música de O. Fresedo), Corazón, calláte un poco (música de A. Baliotti), La piba del Tabarís (música de F. Canaro). En junio de 1958 recibe el segundo premio por el tango El picaflor porteño con letra y música propias en un concurso organizado por Radio Belgrano y la revista Radiofilm. Quizás fue la última gran alegría de nuestro emigrante gallego pues solamente nueve meses después con 67 años muere en Buenos Aires. Manuel Suárez Suárez
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