Escritos en libertad: Castilla y León ante el Cosmos Digital
Wikileaks ha conmocionado al mundo de la diplomacia, pero sobre todo ha marcado un antes y un después en los llamados medios de comunicación de masas. La Galaxia Gutenberg que nos explicaban en las facultades de periodismo se ha convertido en lo que podemos bautizar como el Cosmos Digital. Técnicamente este cambio hace ya algunos años que se venía produciendo, no es algo nuevo, pero en los últimos cinco años el proceso ha corrido a pasos agigantados. Faltaba, sin embargo, un hecho de la envergadura de lo ocurrido ahora para certificar el cambio. La publicación de los papeles secretos del Gobierno de Estados Unidos sobre las guerras de Irak y Afganistán pudo haber sido interpretado como un “scopp” periodístico, una primicia más o menos afortunada. En todo caso, afectaba a países irrelevantes para nosotros, bajo siete botas del imperio y, consecuentemente, sin dignidad que defender.
Ahora la cosa se ha puesto seria. Nada más y nada menos que 250.000 documentos que hablan de los países más poderosos del planeta con la misma simpleza que cualquier ciudadano del mundo lo haría en la barra del bar ante una cerveza o en la mesa camilla. Por el momento lo que ha preocupado son los comentarios personales, descalificaciones de líderes sobre los que el común de los mortales ya teníamos algunos datos, pero no nos imaginábamos que en la correspondencia oficial de las embajadas de Estados Unidos se utilizara el mismo lenguaje. Ya sabíamos que a Berlusconi le gustan las orgías o que en Rusia no existe línea roja, o es muy débil, entre el poder y las mafias. O que Zapatero es el presidente español de la democracia con un perfil más izquierdista y más crítico hacia Estados Unidos. La cuestión es que Wikileaks ahora tiene credibilidad, se la ha ganado espectacularmente, y a partir de este momento ya no hará falta que publique 250.000 documentos en bloque. Bastará una cuartilla para desestabilizar las relaciones internacionales entre países o para que un presidente del gobierno se vea obligado a presentar su dimisión inmediata. Y todos intuimos -a algunos los conocemos- la cantidad de caídos con ánimo de revancha que genera la actividad política.
El cambio ha sido tan enorme que ya sabemos, por ejemplo, que hoy el presidente Aznar no hubiera podido embaucar a los directores de los periódicos de mayor difusión de España, con aquella llamada a media tarde en la que empeñaba su palabra sobre la autoría del atentado terrorista en los trenes de Atocha. El Cosmos Digital habría cruzado informaciones fiables y documentadas con tal rapidez, que hubiera desaconsejado la tarea de engaño llevada a cabo desde La Moncloa.
Se ha hablado mucho de la credibilidad de los mensajes en internet. De su falta de fiabilidad. Hasta ahora, salvo los que responden a sus homónimos con cabeceras solventes de papel y alguna excepción, los periódicos digitales han surgido para defender intereses privados, como medios de propaganda e intoxicación. De ahí que los que pudieran nacer con fines nobles, profesionales, también estén condenados al purgatorio de la sospecha, a la espera de mayores y mejores pruebas de objetividad y, sobre todo, de honestidad informativa.
El criterio de la sospecha es algo universal, como también lo será el proceso de decantación que permitirá a unos pocos periódicos digitales salir del anonimato e inscribirse en el caro frontispicio del reconocimiento público y del éxito. Esta debilidad del medio es lo que sin duda movió a los creadores de la Wikileaks a llevar a cabo una estrategia magistral: compartir la exclusiva con los periódicos líderes de cada uno de los países afectados por las comunicaciones de sus respetivas embajadas americanas. Periódicos que le han otorgado de golpe a Wikileaks la credibilidad que, de otra forma, le hubiera costado mucho tiempo conseguir, si es que lo lograba.
Han sido marcadas, por lo tanto, unas nuevas reglas del juego informativo. Será antes o un poco más tarde, pero llegará. Así que a la espera de la nieve que nos anuncian, uno se ha puesto a pensar en la posibilidad de Wikileaks más locales, más próximas. De tu ayuntamiento, de la comunidad autónoma. Es muy sencillo. Bastará que alguien convenciera a quienes tienen la información de que cumplirá con el precepto sagrado de todo periodista, preservar el anonimato de las fuentes de información. Un derecho constitucional reconocido en España y que ni ante jueces ni bajo tortura sería conculcado. Le llegaría información a raudales.
He ahí el salto cualitativo. De pronto la información convertida en patrimonio universal. No habría formas ni medios suficientes para controlarla. Los gabinetes de información volverían a sus esencias, a ser vehículos de comunicación respetuosos con la sociedad. Ya no tendrían la tentación de ser negociantes de propagandas y silencios. No se podrá comprar a todos todo el tiempo.
Fernando Aller. Periodista.