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La vergüenza I

La vergüenza I

Hace unos días regresé de los campamentos de refugiados Saharauis de Tindouf, en Argelia, donde acabamos de rodar un documental en colaboración con ACNUR (la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados), con la participación especial del escritor y periodista Javier Reverte.

Poco o nada ha cambiado en los campamentos desde mi anterior viaje en 2004. La vida en la hamada argelina, uno de los lugares más inhóspitos del planeta, sigue siendo un verdadero e inexplicable milagro y una de las mayores vergüenzas, una más, de la política exterior española que año tras año se va incrementando sin que se incluya en ninguna de las prioridades de ninguno de los gobiernos de turno que hemos tenido en estos 35 años.

El conflicto saharaui está estancado, abandonado y sin signos de solución. La MINURSO (Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sahara Occidental), es otro de los circos ambulantes que Naciones Unidas tiene de gira  por el mundo, demostrando que sin voluntad, las misiones del organismo internacional no sirven de nada. Pero además el conflicto saharaui no interesa ni política ni mediáticamente. Tan solo volvió a tener relevancia cuando  hace unos meses Aminetou Haidar  colocó de nuevo  el problema en primera línea informativa pero sólo y exclusivamente porque al Gobierno de Zapatero,  le había causado un conflicto diplomático con Marruecos.

Muchos de los que han estado en alguno de los campamentos de refugiados de Argelia, coinciden  en que ha sido una de sus mayores experiencias vitales. ¿Cómo se puede sobrevivir en la nada?, ¿De donde sale la fuerza vital para seguir adelante de tantos miles de almas desparramadas sobre las piedras y la arena?, ¿Quién ha mostrado el camino a los saharauis  para aliarse con el tiempo y con el desierto? El Frente Polisario dice que ellos pensaban que tras el alto al fuego, sólo era cuestión de meses que Naciones Unidas resolviera de forma fácil el fin del conflicto, pero nadie estaba preparado para tener que seguir en las tierras baldías del desierto argelino durante tantos años.

Fue la gente  la que aprendió sola a adaptarse y a  convencerse de que allí estarían sólo durante un tiempo. Si les preguntas que por qué no plantan palmeras cerca de sus haimas o de las casas de adobe para resguardarse del calor, responden que ellos sólo están allí de paso y que no tiene sentido crear nada.

Más allá de intentar determinar si el pueblo saharaui tiene derechos territoriales o de soberanía sobre los territorios actualmente ocupados por Marruecos, deberíamos comenzar por el principio y preguntarnos: ¿Qué es lo que une, afianza, da identidad y refuerza las relaciones de un grupo humano, pueblo o nación?

Su cultura, simple y llanamente, así de sencillo y de complejo a la vez.

Una de las acepciones que recoge El diccionario de la Real Academia Española define el término cultura como: Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o  grupo social.

¿Responde el pueblo saharaui a una cultura, a unos nexos comunes en los que un grupo de individuos se identifican como comunidad? Observando a la gente en los campamentos o en los llamados territorios liberados, en seguida se  observa para empezar  que los saharauis no son marroquíes lo que ya de por sí es un hecho diferencial a tener en cuenta.

Pero si se tiene la oportunidad de convivir, viajar por el desierto y compartir un tiempo con un saharaui, se llega fácilmente a la conclusión de que este pueblo, al menos, responde a una identidad común.

Un joven saharaui que atendía una pequeña tienda en Rabouni, el centro de recepción y protocolo de la RASD en Tindouf,  me decía hace unos días: “Si no tienes patria, no tienes nada, aquí no estás muerto pero tampoco estás vivo; Nada tiene sentido, nos podemos convertir en los kurdos de África”.

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