Fernando Jáuregui | Domingo 13 de abril de 2014
Claro que no será la primera vez, pero ya consta que
organizaciones como esa no elegida Asamblea Nacional de Cataluña andan
movilizando todo lo movilizable para que este miércoles se monte la gran pitada
contra el himno y contra el jefe del Estado en la final de la Copa del Rey
entre el Barça y el Real Madrid en el campo del Mestalla. La tensión, de final
de Copa en final de Copa, ha ido creciendo y yo no quisiera creer, y menos
decir, que un abucheo contra el himno nacional y contra quien representa a la máxima
institución del país es un tema anodino o frívolo porque se produce en un
acontecimiento deportivo. Es grave la desafección general de los españoles
hacia el sentido del Estado, y muy grave en el caso de dos de las llamadas
nacionalidades históricas: esta es la verdad y no hay por qué intentar
disimularla.
De acuerdo: ahora andamos inmersos ya en la precampaña de
las elecciones europeas, pero el eurodebate, si es que lo hay, no puede
esconder la realidad de algunos serios problemas domésticos. Y, hoy por hoy, el
de Cataluña es el más preocupante de todos, y se traduce desde en la falta de
respeto hacia la figura del Rey, y del Príncipe, en sus apariciones en tierras
catalanas, hasta en el hecho de que el Barça, que es más que un club, se
declare más o menos oficialmente (y sin duda oportunistamente) independentista.
Esto tiene que tener una respuesta que no puede ser la de los oídos sordos, ni
la de la dureza y la amenaza de la suspensión de los derechos autonómicos; es
preciso algo más que limitarse a constatar la anormalidad, inédita en cualquier
nación europea, de que se pueda anunciar que una gran pitada saludará la
entrada del Rey en un estadio en el que se juega la final de la Copa que lleva
su nombre. O la patente anomalía, que en ninguna parte del mundo ocurre, de que
unos miles de voces airadas hayan acudido a un recinto deportivo no tanto
atraídas por el deseo de animar a su equipo cuanto por el de oscurecer los
acordes del himno nacional.
Claro que nada de eso es normal en cualquier Estado fuerte.
Y espero que no me considere usted un reaccionario si digo que un Estado fuerte
es aquel que ama sus costumbres, su himno, su bandera, su territorio, su
unidad...y a sus ciudadanos. Espero igualmente que no piense usted, querido
lector, que exagero si digo que, visto lo que estamos viendo, hay que regenerar
este Estado que tenemos, y conste que esa palabra tan fuerte, 'regenerar', es
la que utilizó el Rey, el mismísimo Rey, en su último mensaje de Nochebuena.
Esa regeneración va mucho más allá de la manera -democráticamente lamentable, a
mi modo de ver-como se han designado las listas electorales de casi todos los
partidos para 'premiar' a los candidatos europeos. Mucho más allá de los
silencios con los que toda una casta 'regala' los oídos de la ciudadanía. Mucho
más allá de los constantes pretextos para ponerse a la tarea de reformar la
Constitución, que ya va siendo urgente.
La semana que comienza será corta, acaso la última
verdaderamente festiva antes de que, este verano, Mariano Rajoy haya de tomar
decisiones de alcance, evitando que una nueva Diada reivindicativa trate de
encauzar el referéndum cada vez más secesionista, y cada vez más imposible, que
Artur Mas pretende para el 9 de noviembre. Menudos meses nos esperan tras esta
media semana de pasión y de descanso...
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