Stella Calloni | Martes 23 de abril de 2013
El rol de Estados Unidos en el desconocimiento del triunfo
de Nicolás Maduro y los incidentes generados en la capital venezolana vuelve a
poner en la superficie su intento de seguir controlando y sometiendo a las
democracias de América Latina.
Las recientes declaraciones del secretario de Estado
norteamericano, John Kerry, considerando a Latinoamérica como el "patio
trasero" de Estados Unidos, y su propuesta ante la Cámara de
Representantes para avanzar en un "acercamiento vigoroso", aludiendo a la
Doctrina Monroe del año 1823, debiera sacudir
la modorra intelectual y política del continente.
Cada vez que algunos nos referíamos al proyecto
recolonizador que aparece delineado en numerosos documentos de política
exterior estadounidense, se nos adjudicaba una enorme capacidad de imaginación,
acusándonos con desdeño como "conspiradores". Hablar de "patio trasero" o
"Doctrina Monroe" era mencionar fantasmas inexistentes. ¿Qué dirán ahora de
esta confesión a cielo abierto del señor Kerry, nada menos?
Su propuesta sobre un "acercamiento vigoroso" recuerda aquel
enunciado de "Habla suavemente pero lleva un gran garrote y llegarás lejos" ("speak softly and carry
a big stick, you will go far"). Esta frase, acuñada por Theodoro
Roosevelt, quien gobernó Estados Unidos entre 1901 y 1909, introdujo la
doctrina del Gran Garrote (Big Stick) para aplicar en su política exterior.
Destinada a defender los intereses de Estados Unidos y avanzar en la eterna
política de expansión y control hacia América Latina, bajo el esquema de la
Doctrina Monroe, la doctrina del Big Stick fue también clave durante la Guerra
Fría, en la que nuestra región quedó atrapada, con intervenciones militares,
injerencias que perduran hasta hoy y dictaduras, que a lo largo del siglo XX
configuraron un genocidio latinoamericano.
En marco de la Guerra Fría, se nos impuso la red de
dictaduras de la Doctrina de Seguridad Nacional,cuyos efectos persisten hasta
hoy en los proyectos hegemónicos de "lenguaje suave y gran garrote". Lo estamos viendo en esta
evidente reacción ante la unidad que han logrado los pueblos latinoamericanos
en su integración emancipadora.
Washington interpreta esta unidad como "un
peligro" para su seguridad y sus intereses, cuando es nada más y nada
menos que un ejercicio de soberanía de los países de un continente rico, con
sociedades empobrecidas que merecen un siglo
XXI independiente y justo.
Esta unidad de América Latina ayudó a detener más de un
golpe de Estado propiciado por Washington en la región en este siglo, el último
-aún no desmontado del todo- en Venezuela, con el desarrollo del plan que se puso en marcha, sin ninguna
espontaneidad, desde el momento en que se conoció el triunfo irreversible de
Nicolás Maduro, sucesor del presidente Hugo Chávez Frías en Venezuela, por
escaso margen.
Los grupos de choque opositores que actuaron tenían
direcciones precisas de los Centros de Diagnóstico que están en centenares de
barrios en el país y que colaboran a convertir la salud pública en uno de los
mayores legados del gobierno de Chávez, varios de los cuales incendiaron.
También fueron a casas de funcionarios, militantes,
periodistas, oficinas importantes y sedes del Partido Socialista Unido de
Venezuela(PSUV), de los mercados populares (Mercal) y otros y, por supuesto,
televisoras y medios estatales, y amenazaron con extrema violencia.
La movida golpista no fue improvisada, como no lo fue el
intento de atacar a los médicos cubanos que trabajan en Venezuela, en un
extemporáneo ejercicio de Guerra Fría.
Mientras creaban una histeria golpista a través de los
medios, nunca presentaron una impugnación como indica la ley cuando un sector
político en una elección presidencial tiene dudas.
Henrique Capriles Radonski, quien en todo momento montó un
violento escenario mediático anti-fraude, es el mismo "democrático"
participante del golpe de Estado contra
Chávez en abril de 2002, tan activo que con una pistola en mano intentó asaltar
entonces la embajada de Cuba en Caracas.
Pero luego se presenta como víctima, desconoce la violencia
de sus seguidores, confiado en el amparo de Washington que trata de mantener activada la presión y amenaza sobre
Venezuela.
En las primeras horas el golpismo provocó la muerte de ocho
militantes chavistas en distintos lugares, ya sea fusilados, atropellados premeditadamente por un camión y
hasta una persona quemada viva, produciendo más de un centenar de heridos.
Los grandes titulares de los medios privados se cuidaron de
definir a que sector pertenecían las víctimas y quienes eran los victimarios. Y
no es casual que la ONG Provea se excuse de "desconocer" los actos de
violencia porque no "aparecen" en algunos diarios, que fueron también
cómplices evidentes de estos hechos e incitadores en casos comprobados.
Ante las llamas de aquellos dos días de furia opositora,
estos medios actuaron como instigadores en una abierta guerra psicológica. El
esquema desinformativo y manipulador es ejercido mediante la apropiación
antidemocrática del control de más del 90 por ciento de los medios escritos,
radiales y televisivos, por parte del poder hegemónico.
Hay que decir que el
proyecto desestabilizador nunca dejó de actuar en Venezuela desde el golpe de
Estado de abril de 2002, derrotado por el pueblo y militares patriotas y los
sucesivos intentos de golpes "suaves", paros patronales, paro
petrolero y sabotajes de fines de 2002 y principios de 2003 y otros, entre
ellos frustrados intentos de magnicidio
y seguriía con las eternas denuncias
sobre fraudes en cada una de las 16 elecciones que ganó Chávez entre 1998 y 2012.
Pero el golpismo tomó renovado impulso desde que se conoció la enfermedad de
Chávez en 2011, cuya muerte se produciría el 5 de marzo pasado, tratando de
aprovechar el desconcierto con intentos divisionistas, ataques económicos,
sabotajes eléctricos, cortes de agua, acciones terroristas, que dejaron
víctimas, desabastecimiento, en un plan similar al usado contra el presidente
Salvador Allende en Chile en 1973.
Más de 60 millones de dólares invirtió Washington en los
últimos tiempos para la campaña, intentando derrotar a Maduro, tratando de
infiltrarse en las Fuerzas Armadas, de
propiciar guerras de "escorpiones" entre los partidarios del chavismo
para dividirlos y reinar.
No se pudo y todavía queda mucho por investigar sobre el
masivo ataque informático contra el Consejo Nacional Electoral, y otras
oficinas gubernamentales, incluyendo el hackeo de varias cuentas, como las del
propio presidente Maduro. Hubo daños y alteraciones, que aún no se han podido
evaluar, pero es necesario investigar a fondo por las implicancias que pudo
haber en el propio proceso, dado el poder teconológico de EE.UU.
La rápida movilidad de los gobiernos de UNASUR para
reconocer a Maduro, cuyo triunfo fue sustentado por los observadores
internacionales, hicieron retroceder a la Organización de Estados Americanos
(OEA) en su intento de desconocerlo bajo la presión de Estados Unidos.
Más allá de previsibles desgastes, de burocratismos denunciados
por el propio Chávez, y de la brutal campaña opositora del golpismo y el miedo,
Maduro no solo venció a Capriles y con él al conjunto de todos los partidos
políticos de Venezuela, (derechas y sectores de izquierda decadentes), sino a
Estados Unidos, la mayor potencia en la historia, en el preciso momento en que
esta avanza en el control del mundo con aggiornadas doctrinas de expansión
colonial y una renovada contrainsurgencia.
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