Todos, del grupo parlamentario o de la tendencia política que fuere, estaban de acuerdo: la conmemoración del trigésimo aniversario de la Constitución, en el Palacio del Congreso, resultó un acto algo desvaído, desprovisto de la emoción y el calado político que la ocasión merecía. Demasiadas ausencias políticas –entre ellas las de los ex presidentes del gobierno Aznar y González--, excesiva frialdad –el presidente del Congreso, José Bono, decretó que este año no tocaba coctel, en señal de duelo por el último asesinato de ETA—y falta de ‘famoseo’, contra lo que venía ocurriendo otros años, marcaron la tónica de una recepción que debería haber tenido mucho más empaque, especialmente cuando estaba presidida por los Reyes, con asistencia de los Príncipes: hasta se improvisó el discurso del Monarca, que no estaba previsto la víspera.
Ni siquiera José Bono, que de protocolo sabe un rato, fue capaz de calentar los ánimos con su discurso, en el que vino a recordar al Rey, a su lado, que es el primer monarca no arbitrario en nuestra Historia. Era, entre otras cosas, como citar críticamente la figura del abuelo del jefe del Estado, Alfonso XIII. Pero a Bono, que es la segunda vez que hace algo semejante, no le tembló el pulso a la hora de lanzar su parlamento.
Resulta curioso que en la recepción hubiese más ex diputados que parlamentarios actuales. Los de Unión de Centro Democrático fallan pocas veces en estos actos. Los nacionalistas están ausentes siempre. Los presidentes autonómicos que acuden son pocos. Y los cargos del Estado, en general, suelen estar ahí, si exceptuamos el difícilmente justificable caso de los dos últimos ex presidentes del gobierno, Felipe González y José María Aznar, a quienes su estatus debería obligar a comparecer, al menos, en estos actos en los que se conmemora la aprobación de la Ley Fundamental.
Y los periodistas, en los corrillos, preguntándole al presidente y al líder de la oposición sus opiniones respectivas sobre una posible reforma constitucional. Los servicios de seguridad de la Cámara, por cierto, se emplearon a fondo a la hora de obstaculizar el trabajo de los informadores .La ocasión, en fin, merecía otra cosa. Pero ya se sabe que estas cosas siempre evidencian, como la punta del iceberg, que hay mar de fondo. Y qué duda cabe de que hay mucho mar de fondo en torno a la reforma constitucional, por ejemplo.