* Artículo que también publicará la revista 'Más' en un número especial de cara al congreso del PP
El presidente de honor, José María Aznar, es la persona con mayor auctoritas dentro del Partido Popular. Y él lo sabe. Por eso se ha preservado en todo el proceso pre-congresual.
Cuando todo falle, él será la última cláusula de seguridad; el último salvavidas.
Aznar hizo el PP moderno, llevó al equipo a La Moncloa y consiguió la primera y única mayoría absoluta para el centro-derecha español.
Desde el PSOE le ha llovido un campañón en su contra para desprestigiarle. Es cierto que el aparato del PP ha preferido desentenderse y ni defenderle ni reivindicarle, pero es igual: las gentes del PP saben quién es Aznar, cuánto se le debe y cuánto merece.
Se lo pagan con aplausos allá adonde aparece.
Él se ha cuidado muy mucho de desvelar ningún atisbo de predilección entre Rajoy y lo que pareció ser una alternativa renovadora, Juan Costa. ¡Malditos avales!
El camino de dificultades para el PP aún puede ser largo: quizá Valencia no sea el final de la crisis ni el comienzo de una nueva ilusión.
Quizá haga falta la opinión de Aznar más tarde.
Tampoco ha escuchado a quienes ya han comenzado a pedirle que coja las riendas. Es pronto.
ESTRATEGIA GALLARDÓN
Ahora estamos en Valencia: la victoria de Rajoy será un ir descontando los días hasta la nueva crisis. Según el diseño de la estrategia de Gallardón, se necesitan dos años antes de atacar. Justo el tiempo en el que Rajoy puede desgastarse con su equipillo hasta salir por la puerta de atrás.
Aznar interpreta que su papel es esperar y ver, por si acaso todo falla. O para cuando todo falle.
Y ese papel lo ha jugado a la perfección. No ha habido gente importante que no le haya llamado, y su mensaje ha sido único: lo principal es la unidad del partido.
Pero todo parece indicar que en este Congreso hablará, aunque el aparato intentará que no tenga altavoces, como siempre desde que dejó la presidencia. A su estilo, repetirá aquello de que quien sale a la cancha a empatar termina perdiendo, y que no se puede vivir mirándose al ombligo en una España que necesita recuperar cordura.
Gracias a ese tipo de mensajes internos y externos, el hoy presidente de honor ha conseguido la auctoritas que le hace el más respetado. Rajoy queda aún a muchos kilómetros de esa capacidad de liderazgo, y ni siquiera supo ponerse a su rebufo, como los automovilistas. Rajoy ha preferido no reivindicarle durante sus cinco años al frente del PP, él sabrá por qué.
Aznar lo tiene muy difícil: en su día fue clave en la designación de Rajoy, así que ¿cómo podría hoy darle la espalda? Pero tampoco puede salir a gritar que tenemos en frente al gran líder. Dirá, eso sí, “Mariano es mi presidente; nuestro presidente”, como se lo gritó a Hernández Mancha.
Su papel es el del último salvavidas. El fantasma de la división de UCD se apareció por la sede de Génovatrece el día que Rajoy repartió un escaso botín entre su escaso sanedrín. Si de alguna manera ha sido conjurado el miedo al cisma, sólo ha ocurrido cuando todo el mundo ha echado un vistazo en derredor y ha sido consciente de que Aznar estaba alejado, pero vigilante.
Para el PP sería un desastre llegar hasta el punto de no retorno de pedir la vuelta de Aznar. Significaría que todo ha fallado.
Pero si hubiera que llegar allí, al menos saben los militantes que queda Aznar. Y no para apagar la luz, pagar las deudas y cerrar la puerta, sino para comenzar de nuevo.