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Ana Obregón

Todo lo que sucede entorno a Ana Obregón tiene que ser especial, diferente, exclusivo, de portada y truculento, aunque haya matones de por medio. Lo último es lo que cuentan los compañeros de ‘Interviú’, y es que la actriz presuntamente habría ordenado dar una paliza a un presentador de televisión. Ella, indignada, se aparta del dedo acusador y amenaza con los tribunales, (y eso que la entrada en los de Plaza de Castilla la tiene muy ensayada con sus gafas de transitar aeropuertos).

Habría que preguntarse si esta señora se indigna en calidad de bióloga, empresaria, número uno en todo, actriz, guionista o cuerpo divino. Son tantas las caras de la actriz y es tanta la cara que tiene la Obregón, que uno no sabe si ríe cuando llora o es “al recíproco”.

Admitamos que la humanidad tiene una deuda pendiente con Ana Obregón y que todos le debemos algo, cada uno en función de sus posibilidades. Si por ella fuera deberíamos darle categoría de divina majestad; lo intentó con Alberto de Mónaco hasta que se dio cuenta de que al chico le interesaba más su pintalabios que sus corvas, sus medias que su monte de Venus. Ana ha sido la novia de todos, aunque todos han huido de ella. Ni el famoso conde Lecquio la pudo soportar, ni ese otro novio que era chulángano y de profesión chulo de abdominal, sector borde de piscina.

Ana, fiel a sus principios, arremete contra los que osen poner en solfa su dulce nombre. Ana acabará pidiendo el libro de reclamaciones a Dios, un poco por rebeldía y otro por ser portada. Nunca por maldad.


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