Enrique Bañuelos puede decir que ha tocado el cielo de Manhattan con sus dos manos. Aún lo toca en este medio exilio que va a vivir tras la montaña rusa en la que se ha convertido su “juguete” favorito, la fantástica, la deseada, la codiciada y ahora maltrecha y castigada Astroc. Allí en los cien kilómetros cuadrados que conforman la más famosa de las cinco comunas de Nueva Cork el inteligente, despierto y encantador cuarentón de Sagunto va a tener todo el tiempo del mundo para analizar el por qué el mundo se hundió bajo sus pies, para comprender dónde se equivocó y para seguir el lento, difícil pero mucho más seguro camino de la empresa que salió a Bolsa hace un año a casi seis euros y medio y hoy está a más del doble tras una caída en vertical desde el Everest de los 75 euros en apenas diez meses.
Los socios de Enrique Bañuelos ya conocen las respuestas. El presidente y creador del “efecto mariposa” y su grupo de amigos tenían una idea muy financiera del proyecto y muy poco o casi nada inmobiliaria. Sabían como juntar dinero, como convencer a don dinero de la bondad de su proyecto, sabían como negociar la compra de miles de metros de suelo, pero apenas sabían cómo colocar ese enorme balón en el campo de juego del mercado.
La distancia entre la capitalización bursátil de Astroc, su valor en bolsa, y el valor real de su patrimonio – incluso con las tasaciones realizadas – era tan grande que el balón estaba lleno de aíre y cualquiera podía pincharlo. Y así ha pasado: el 20 por ciento de acciones – como mucho – que estaban en el mercado se han movido, y la inercia han propiciado el tsunami al que han tenido que enfrentarse los más afectados, los que más dinero habían invertido en el negocio, y los que más estaban “ganando” en la cuenta de la vieja, ya que sabían que no podían realizar sus acciones y que el beneficio podía estar en los libros pero no en la cartera.
Vayamos por partes:
Felix Abanades, de Rayet: el empresario de Guadalajara vendió su participación al propio Bañuelos, tras la operación por la que Astroc asumió el 60% de Rayet Promociones. Tenía unas plusvalías cercanas a los cien millones de euros. Iba a irse y ya está, pero una llamada oportuna, una reflexión a bordo del Queen Elizabeth II y una reunión de los grandes le convenció para seguir, llegar a un diez por ciento de la compañía y, eso sí, asegurarse al menos cincuenta millones de euros. Va a ser, ya lo es una de las claves del futuro a corto y medio plazo de Astroc, o de la empresa que surja de sus cenizas.
Luís Nozaleda, de Nozar: los Nozaleda han decidido que ya tienen la empresa en bolsa que andaban buscando. Han sido, a través del hijo mayor, el motor del cambio y de la articulación de la solución. Capaces de asumir el riesgo, de ver una salida a la crisis y de comprometerse en la gestión de la misma. Luís tiene claro el camino, el diagnóstico interno que hay que realizar, las primeras medidas a adoptar ( la primera ya se ha hecho en la persona de Juan Antonio Alcaraz, el hombre que le presentó a Enrique Bañuelos y al que había conocido de su anterior etapa en el entonces Santander Central Hispano, y la persona que siguió a Juan María Nin al Sabadell y ahora se ha convertido en la referencia financiera y en la credibilidad ante las entidades y grupos inversores ) y la remontada bolsística que está seguro de conseguir. Despacio, pero seguro, punto a punto, con todos los datos sobre la mesa y la máxima transparencia en cuanto a la situación real y contable de la compañía.
Amancio Ortega y Carmen Godía: dos de los grandes inversores. Comprometidos en un cinco por ciento cada uno, décima arriba, décima abajo. Han confiado en la solución y en la experiencia del nuevo cuadro de mandos de la nave. Dan seguridad con su presencia y han permitido que la caída en el mercado se contenga. Van a estar en el Consejo con cien ojos. Con su experiencia en otros sectores y con su olfato empresarial. Dos compañeros de lujo para Nozaleda, Abanades y Alcaraz, que deben ser los nuevos mosqueteros de la empresa todavía llamada Astroc, y que todavía tiene como sede social Valencia.
Las Cajas: desde Caixa Galicia a Caja Castilla la Mancha. Todos seducidos por el verbo, la imaginación y los aparentes espectaculares resultados de Enrique Bañuelos. Están para defender su inversión, y en esa defensa tienen que permanecer como socios estables, abriendo caminos si es necesario, buscando complementariedades cuando sea posible. Juan Pedro Hernandez Moltó, uno de los presidentes, no ha hecho hasta ahora ninguna mala inversión. Y ésta no va a ser la primera. De ello está seguro. Y conoce mucho y muy bien a aquellos que acompaña.
La aventura de Astroc sólo está en sus comienzos. Es casi seguro que dejará de llamarse así. Es casi seguro que mudará su domicilio social a Madrid. Es casi seguro que los tres principales responsables de la gestión inmediata lo vana a hacer bien. Y es seguro, por lo que cuentan y dicen los que se han reunido varias veces en las últimas semanas, que Enrique Bañuelos está contento, que se ha quitado un enorme peso de encima, una losa a la que no sabía como tratar y le estaba aplastando. El futuro de esta apuesta no está escrito, pero los que tienen la posibilidad de escribirlo saben manejar bien el papel y la pluma de este sector, el inmobiliario en todas sus facetas, que no está en crisis y que va a seguir manteniendo su papel de actor en el 20 por ciento del PIB nacional por algunos años.