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Pateras, infierno y paraíso

Hace unos días, el eurodiputado del ultraderechista Partido Nacional Británico (BNP) Nick Griffin tuvo la desfachatez de sugerir que las barcas con inmigrantes “ilegales” que se dirigen a Europa procedentes de África “deberían ser hundidas”. No es el único diputado racista de Europa: le acompañan unos cuantos más, como el holandés Geer Wilders, la húngara Krizstina Morval o el austriaco Heinz Strache. En España no se detectan diputados tan extremos, pero –como señalaba recientemente el periodista Román Orozco, citando el Informe Raxen (Racismo, Xenofobia, Neonazis), dado a conocer por el Movimiento Contra la Intolerancia, sólo el año pasado hubo en España más de 4.000 incidentes violentos racistas, la mayor parte de ellos, precisamente, contra los inmigrantes. En este país hay contabilizados unos 10.000 neonazis que controlan más de 200 páginas web de contenido fascista. Sin olvidar –como recordaba Orozco- que uno de cada cinco nuevos eurodiputados es racista y xenófobo, y detestan a los gitanos, judíos, musulmanes…y africanos negros. ¡Preocupante!

Se cumplen 15 años desde la llegada de la primera patera a las costas españolas, concretamente a Fuerteventura, en 1994. Pero fue dos años antes, en 1992, cuando empieza a popularizarse una palabra que hoy huele a tragedia, naufragio, muerte y sueños destrozados, la patera.  Fuerteventura y Lanzarote fueron los primeros destinos de unos africanos que huían de la miseria y buscaban, cruzando el Atlántico en pequeñas barcas, unas islas “afortunadas” que les abrieran las puertas de Europa. En 1994 llegaron los primeros 10 “sin papeles”. Sólo en 2006 la cifra creció hasta más de 31.000. Los primeros subsaharauis que lograron salir sanos y salvos de esa peripecia no se imaginaban siquiera la de cientos y miles que lo intentarían después, muriendo muchísimos de ellos antes de tocar tierra. Los 29 inmigrantes de las pateras de 1995, los 27 en 1996, los 112 un año más tarde o los 737 de 1998 iban a quedarse en nada al compararlos con los 2.165 de 1999, o los 2.240 del año 2000, ya en el siglo XXI. En 2001 llegaron en sus pateras 4.129 africanos, cifra que se dobló, espectacularmente, en 2.002, alcanzando los 9.929, guarismo que se ha ido manteniendo aproximadamente en los años posteriores, hasta 2.005. El récord se batiría un año más tarde, en 2.006, cuando el número de hombres, mujeres y niños que llegaron en pateras a las costas españolas alcanzó los 32.000.

Estos hijos de la miseria tienen nombre y tienen nacionalidad de origen: Marruecos, Zaire, Mali, Camerún, Guinea, Senegal, Mauritania, Libia, Argelia, Costa de Marfil…. Y no buscan quitar la casa, la comida o el empleo a nadie; buscan tan sólo sobrevivir a su tragedia, salir de su injusticia, escapar de su miseria, y ayudar a construir un mundo más justo en la Europa desarrollada, en gran medida, a costa de la riqueza de los países donde estas pobres gentes se están muriendo de hambre. En 1992 –primer año de la estampida africana en pateras-, V aniversario de la conquista de América (¡los indios, el oro!), fueron detenidos 1.563 inmigrantes “por entrada ilegal” sólo en la zona de Algeciras. En 2009 los detenidos o devueltos  a su país  se han multiplicado de manera imparable.

Pero ¿y los muertos? Desde aquel primer naufragio –que se sepa- de una patera en las costas canarias, al sur de Fuerteventura, frente al Morro Jable, ahora hace justo diez años, el 26 de julio de 1999, de 9 jóvenes marroquíes que buscaban en España el paraíso del que tanto se hablaba, España, el “segundo país más desarrollado del mundo”, que diría un alto dignatario… ¿cuántos cientos, cuántos miles de muertos, de qué manera, a qué metros de la playa, con qué tipo de ayudas de la Cruz Roja o de la Guardia Civil? Hombres, mujeres, niños, arrojados por las olas a la arena como desperdicios del mar. ¡Siempre igual, siempre lo mismo… a muy pocos metros de la playa!  Más de 100 naufragios se han contabilizado ya –y los que ignoramos- y entre 3.000 y 9.000 inmigrantes desaparecidos o tragados por las aguas del mar en su intento de alcanzar las islas afortunadas desde aquella primera patera de 1992. Pero… ¿qué importan las cifras? ¿Y a quién? Ni siquiera existen datos oficiales exactos ni del número de pateras que han arribado a nuestras costas ni mucho menos del número de muertos y desaparecidos a tan pocos metros de ellas. En los primeros cinco meses de este año 2009 ya se contabilizaban 58 muertos (según la agencia EFE), aunque para la agencia Europa Press llegaban a los 70. Y ello sin contar las vidas segadas por los ejes de los camiones que cruzan la frontera de forma clandestina, o los asfixiados en contenedores, o los destrozados por los transbordadores, o los ahogados a pocos metros de la playa al saltar de las pateras para no ser detenidos por la policía… Más las víctimas de las mafias marroquíes, o los arrojados al mar por los mercantes sin escrúpulos, o los que se perdieron en los caminos del desierto para llegar al negocio de las pateras a causa de la malaria, el hambre, la sed o el abandono de los otros. ¿Quién se acuerda de ellos? Y no hablemos de los que, habiendo llegado del infierno al paraíso, en vez de ángeles se topan con agentes de la autoridad que deben detenerles y encerrarles en campos de Algeciras, Ceuta o Melilla y centros de retención de Andalucía (como el de Málaga), donde lo que van a recibir es un billete de vuelta y una orden de expulsión de la tierra prometida.

Lo del eurodiputado Griffin clama al cielo. Pero no es menos llamativo lo que dijo no hace muchos meses el presidente de la Cámara de Comercio de Valencia, Arturo Virosque, llamando “embusteros” a los políticos y asegurando que “tardaremos 30 ó 40 años en salir de la crisis” en una entrevista a la Cadena Ser. Según él, a este paso, “los españoles tendrán que salir en patera del país”. ¡Lo que nos faltaba por oír!
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