Hace unos años, en un reportaje, Norman Mailer aseveró que "la gente ya no está tan interesada en la literatura. En la época de Hemingway y Faulkner los libros le cambiaban la vida a la gente. Ahora, los que le cambian la vida son las estrellas de cine." Más adelante pronostica: "la gente va a señalar a esa persona maravillosa que sabe leer".
Ante el menoscabo de la sociedad utópica en la sociedad contemporánea, hechizado por el fetichismo de la modernidad, la energía de lo falso y la simulación, el hombre toma modelos efímeros. Se comunica por la ilusión y la apariencia. Carece de distinción moral. En síntesis: carece de una educación para pensar. No diferencia lo bello de lo feo.
Educarse exige aprender a descubrir cada instante, cada cosa, con una mirada diferente. Pero también a plantearse interrogantes nuevos, inéditos. En todo auténtico artista o intelectual hay un anhelo de transformación inspirado en el esfuerzo, la voluntad, el talento. Y por ello su esfuerzo enorme en esta sociedad líquida, esta modernidad que sólo adquiere trato con los objetos, donde todo es mercancía o algo que debe ser tratado como tal.
Debemos reflexionar en torno al hecho estético y la educación. En las últimas décadas se han producido situaciones decididamente aberrantes en el análisis literario y en general en la crítica del arte. Una de las claves está en la tecnología: en las máquinas de traducir automáticas. Estas al no ser sensibles al contexto literario no separan forma de contenido. Teóricos norteamericanos, filólogos, han marcado estas tendencias. En nuestro país fueron caldo de cultivo. En nuestra escuela secundaria y en nuestra universidad -no se puede escapar a la decadencia general- estas aberraciones se manifiestan en los cursos de semiología y análisis del discurso relacionados con autores franceses (Gérard Genette, Roland Barthes, Dominique Mainguenean, Roman Jakobson, por citar algunos) en donde el análisis pasa fundamentalmente por el llamado efecto ideológico que concierne al poder del discurso.
Al analizar los segmentos del discurso, las funciones, las categorías de los textos, las elipsis del contenido, el "efecto de objetividad", etcétera, en verdad lo que se deja a un lado es el hecho estético.
Toda auténtica obra de arte lleva en sí varias aproximaciones. Es válida la lectura política, psicoanalítica, histórica, sociológica. Pongamos como ejemplo "El Quijote", La Capilla Sixtina, El acorazado Potemkin o la Mona Lisa. Lo que no es válido es ignorar la lectura estética. La obra de Eisenstein es trascendente no porque hable de la revolución social sino porque es revolucionaria en su lenguaje cinematográfico. La belleza en la pintura de Leonardo trasciende en su forma.
La Capilla Sixtina obtiene su valor artístico no porque se halla tratado un tema religioso sino porque es la obra de un genial humanista.
Ocurre que en nuestros días, los alumnos escuchan a profesores comparar símbolos en la obra de Homero y en un comic. Se analizan discursos de Alfonsín, de Menem, de Perón o textos de Mafalda. Paralelamente se analizan textos de Unamuno, Borges o Arlt. Esta educación produce la negación de una axiología, la negación de una teoría de los valores. Desaparece el valor objetivo, caemos en lo que se llama epocal, arte efímero. Empieza a aparecer una ética coyuntural. De allí a las proposiciones de las escuelas alemanas contemporáneas basadas en las reacciones cerebrales, en las reacciones biológicas. Has una destrucción de la sensibilidad estética. Desaparece el valor objetivo.
Esta sociedad hace del arte y de la educación un producto destinado al mercado. Lo despoja de todo contenido emocional, le da el carácter transitorio que posee todo producto de consumo. Se cumple con la ley del mercado. Los valores intrínsecos resultan intrascendentes. La obra de arte es respetada si se vende. La belleza es despreciada pues no es un producto. La educación sirve si produce dinero. En esta realidad se vive de las apariencias. Todo es pragmático: la inmoralidad, el vicio, la Bolsa, la televisión, la salud. El cinismo y la inmoralidad se hacen carne en la sociedad. Lo que fascina es la corrupción. Evidentemente, han mudado los tiempos y los prestigios. En nuestra época, en la actualidad, es más fácil valorar el recurso de la provocación o la transgresión que el difícil logro de la calidad. Por esta razón surgen las instalaciones o las modificaciones, ciertas propuestas absurdas en teatro o en literatura. Proposiciones que no tienen relación con lo revolucionario o una teoría vanguardista. Es lisa y llanamente lo superfluo, lo banal, lo intrascendente. Así se reciben, así se obtienen títulos, así se tiene un lenguaje de doscientas a trescientas palabras. El arte contemporáneo, las exposiciones, los libros que se publican, todo, absolutamente todo, es una impostura, forma parte de la industria cultural, del ritmo vertiginoso, del exceso. Impostura en la que se regodean críticos mediáticos, celebridades efímeras, intelectuales de todo pelaje, snobs, en fin una lista fellinesca, superficial y de códigos precarios.
A partir de esta educación no hay axilogía ética ni estética. Desaparece el sentido estético en favor de una psicología de masas. Todo se vuelve demagógico. Se considera la belleza de una obra por cánones superfluos que no resisten el menor análisis. De aquí la inmoralidad, la astucia, y la decadencia. Aparentemente todo es un residuo inútil, una perfecta tautología grotesca de la verdad. Vivimos el esplendor de lo vacío, el fin de la intimidad. Nuestros jóvenes se aproximan a la violencia de la indiferencia, de la promiscuidad. El Estado nos lleva al apogeo de la banalidad.