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Con la imagen de Grecia en el retrovisor

El Presidente de Gobierno Rodríguez Zapatero llega a su último debate sobre el estado de la nación inmediatamente después de haber participado en el fracasado debate europeo para salvar a Grecia. Llega, por tanto, con la retina impactada por el drama que experimenta el país helénico, pero también con una carga argumental adicional sobre la necesidad del compromiso nacional de la oposición para sacar adelante el país. Claro, España no es Grecia, decimos casi todos, con la esperanza de que las diferencias objetivas entre ambas economías nos alejen todo lo posible de la posibilidad de parecernos al vendaval griego. Pero lo cierto es que el contexto político de la crisis griega tiene algunos rasgos que nos son familiares. Zapatero ha reconocido en Bruselas que su Gobierno también se encuentra “entre la presión de los mercados y el malestar de la ciudadanía en la calle”; algo que le ocurre hace tiempo a Papandreu pero de forma bastante más salvaje. De igual manera, ambos gobiernos socialistas se encuentran ante una oposición conservadora que no quiere poner el hombro sino que busca desgastar al Gobierno todo lo posible para ganar las próximas elecciones. En todo caso, como dice el comisario europeo, Joaquín Almunia, Bruselas nos ha instalado un espejo para que nos veamos en Grecia. Es como si avanzáramos en la carretera con un retrovisor panorámico que nos muestra como el vehículo helénico va dando tumbos, reiteradamente a punto de salirse del camino y estrellarse aparatosamente. Y, además, ya nos hubiera anunciado la autoridad vial que si hay un accidente se paraliza todo el transito en diez kilómetros a la redonda (es decir que nos afecta inevitablemente). Pues bien, en España hay gente que se empeña en seguir manejando sin mirar al retrovisor. De alguna manera, esto es excusable en conductores que todavía están en la autoescuela, como el movimiento 15-M. Pero no lo es en los que conducen hace tiempo autos mayoritarios, como lo son PSOE y PP, precisamente quienes van a ser protagonistas del próximo debate de la nación. Y, sin embargo, parecen dispuestos a no mirarse en el espejo griego en serio y sacar las oportunas conclusiones. El Presidente de Gobierno, Rodríguez Zaparero, porque tiene como objetivo insistir en el camino que nos falta por recorrer… para llegar marzo del próximo año. Es decir, va a usar el ejemplo de Grecia para acusar al PP de seguir los pasos insolidarios de sus homólogos griegos, pero no tanto para proponer un pacto para una Política de Estado para salir de la crisis. Por su parte, el líder de la oposición, Mariano Rajoy, ha preparado una estrategia de examen de reválida para el Gobierno Zapatero, que tiene por objeto mostrar las razones del suspenso que ya le dieron el 22-M y le van a dar las urnas en las generales. En estas condiciones, Rajoy no siente la necesidad de mostrar sus cartas de futuro y tampoco en usar demasiado el espejo griego. Es una lástima que ambas fuerzas políticas, pese a que miran con temor el tremendo escenario griego, siguen empeñadas en sus propias estrategias de poder y no sacan las autenticas lecciones aprendidas del caso. Es cierto que desde varios espacios de opinión se elevan voces que reclaman algún tipo de acuerdo entre los mayoritarios, al puedan sumarse todos los demás que lo deseen, para salir de la crisis y evitar así el síndrome griego. Pero con frecuencia confunden la naturaleza de ese pacto. El país no está (ni sería conveniente acudir a medicinas extremas) para un pacto global ni un Gobierno de concentración, sino de una Política específica de Estado, similar -salvando las distancias- a la que se ha mantenido en torno al terrorismo. Se trataría de un Pacto por el crecimiento y el empleo, con el que se comprometieran todas las fuerzas políticas posibles, manteniendo otro gran número de temas para el debate abierto, sin compromisos previos y estables. Así las cosas, cabe la pregunta: ¿alguien sacará a la luz la necesidad de este tipo de pacto en el debate sobre el estado de nación? Me parece que ese será un buen indicador de la capacidad de nuestra clase política de conducir mirando de vez en cuando por el retrovisor, de su rigurosidad en la mirada y, en el fondo, de poseer una verdadera perspectiva de Estado.
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