Opinión: Domingo del Pino
Los sustitutos de Ben Laden
Ahora que Ben Laden ha muerto la pregunta pertinente es quién o qué le sustituirá al frente de al-Qaeda, si es que al-Qaeda como presunta internacional del terrorismo existió. Entendámonos; no digo que al-Qaeda como organización no existiera: no faltaba más después de tanto terrorismo. Lo que sugiero es que al-Qaeda puede que no haya sido más que un intento simplón de reunir en una sola explicación a las decenas de terrorismos particulares surgidos en diferentes contextos y por diferentes problemáticas. A lo que me refiero es a que con quién o con qué amenaza la va a sustituir Occidente para mantener en esta parte acomodada del planeta la idea de que somos una civilización amenazada por nuestro progreso, por nuestras libertades, y por nuestra riqueza.
La obsesión por Ben Laden me recuerda la de los años setenta por el terrorista Carlos, Ilich Sánchez Ramirez, que parecía tener el don de la ubicuidad. En las cuatro o cinco décadas anteriores, el comunismo indujo a la mayor y más letal carrera armamentística de todos los tiempos. En el siglo XX hemos diferenciado, aunque no tan bien para que todo el mundo así lo percibiera, al Islam del radicalismo de ciudadanos originarios de la cultura islámica. Sin embargo, en los siglos XVIII y XIX, cuando Europa comenzaba a repartirse el mundo y a colonizarlo, lo que nos atemorizaba a la vez que nos cautivaba por su civilización, era el Islam sin ningún calificativo.
El desmembramiento y reparto del Imperio otomano como resultado de la derrota de Alemania y Turquía en la primera guerra mundial se presentaba como solución lógica de sumisión de una cultura que necesitaba ser minusvalorada para justificar la dominación sobre ella. Las guerras de liberación de las décadas de los años cincuenta y sesenta tuvieron el apoyo de los progresistas europeos y norteamericanos, en especial el de los españoles que entonces combatíamos al franquismo. Sin embargo, tengo la sospecha de que en la primera década del siglo XXI todos los líderes de aquellos movimientos cuyos nombres sabíamos de memoria y movilizaron a quienes entonces éramos jóvenes, Che Guevara, HoChiMinh, Sekú Turé, Modibo Keita, MaoTse Tung, y otros muchos, serían hoy considerados terroristas.
Los miedos, los pánicos que nos inculcan y los que los periodistas ampliamos, han llevado a nuestros países a un enroque cultural y a un cierre de fronteras que en realidad convierte en cada vez más extrañas a dos culturas, la nuestra y la islámica, que estaban creando poco a poco algo universal en libertades, derechos humanos, e igualdad de género. Basados en que los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen o no, suelen tener las mismas necesidades y aspiraciones básicas, había surgido en las décadas anteriores a Schengen una cultura política universal sobre la necesidad de ser bien gobernados, con competencia, justicia y honradez, y otros valores que o se han perdido o difuminado.
Como profesional del periodismo nunca he visto en las relaciones internacionales, en las nacionales, o entre partidos llamados de izquierda o de derecha, otra cosa que no sean intereses. El mundo es lo que es, y genera todas esas guerras que Michael Howard hace ya más de dos décadas decía que son consustanciales con la historia de Occidente, y terrorismo. Las épocas se suceden unas otras y nadie tiene nunca tiempo para reflexionar sobre la anterior. La primavera árabe se mueve en ese contexto de intereses y será solo lo que pueda ser aunque de momento a Occidente le ha ahorrado una reflexión sobre la crisis sistémica en que vivimos desde 2008 y que puede tener consecuencias más serias para los ciudadanos occidentales que la primavera árabe para los ciudadanos árabes.
La muerte de Bin Laden facilitará seguramente la política del presidente Obama de iniciar una retirada progresiva de Afganistán, y quizá va a permitir que sea mejor percibida la retirada de los 45.000 primeros soldados de Irak en los próximos meses. Sin embargo el Presidente Karzai y algunos círculos norteamericanos dicen que ahora hay que exigir cuentas a Pakistán porque no entienden que la presencia de Bin Laden hubiera podido pasarles desapercibida durante diez años si no contaba con la complicidad de algunos sectores de la Agencia de Inteligencia pakistaní.
Mientras tanto, la experiencia de la revolución egipcia, que para después de septiembre puede haber alterado muchos de los equilibrios logrados en Oriente Medio en los treinta últimos años, no parece influir en la percepción de las posibles consecuencias de la revolución siria, que pueden ser más importantes aún que las de Egipto. Gaddafi sigue ahí y terminará marchándose pero nadie puede anticipar cuándo ni a qué precio, y lo mismo ocurre con el presidente Ali Abdullah Saleh de Yemen. El drama está en cómo ayudar a quienes aspiran a la democracia sin causar más daños que los que se quieren evitar. La libertad de expresión puede desempeñar un papel importante, pero los periodistas árabes celebraron ayer el día mundial de la libertad de prensa con una constatación casi general de que en este dominio en los últimos años se ha producido un retroceso que las primaveras árabes por el momento no ha mejorado.
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* Domingo del Pino es especialista en el mundo árabe, ex delegado de la Agencia EFE en Marruecos, ex corresponsal de El País para el Norte de Africa, fue miembro de la Euro Med and the Media Task Force de la Comisión Europea y, actualmente, es miembro del consejo editorial de la revista bilingüe Afkar/ideas; colaborador de Política Exterior y Economía Exterior; de la Revista Española de Defensa; y director del Aula de Cooperación Internacional de la Fundación Andaluza de Prensa.