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Año nuevo, sueños nuevos

Año nuevo, sueños nuevos

Un nuevo año, con el que comienza una nueva década, es un buen momento para sacar cuentas del pasado y hacer planes para el porvenir. En lo primero, salimos bien librados, pues el país ha emprendido, finalmente, la búsqueda de un destino promisorio, superando viejos vicios y buscando acabar con viejas lacras sociales.
Por primera, vez, no hemos visto las calles y carreteras del país pobladas de gentes mendicantes. A los tiempos, la industria nacional ha encendido sus motores y ha empezado a competir con sus productos en esos mercados antes inundados solo de artículos extranjeros. Una vez más, hemos recibido el nuevo año sin el anuncio de un paquetazo económico. Es más, pese a su enfebrecida vocación opositora, la gran prensa ha debido reconocer varios éxitos del Gobierno en su esfuerzo de progreso nacional: las grandes obras públicas, la inflación reducida a niveles mínimos, el crecimiento industrial, la confianza empresarial elevada a niveles sorprendentes y, para concluir, la inauguración de la represa Mazar, que garantiza que no volverán los apagones del pasado, y la puesta en marcha de nuevas centrales hidroeléctricas y de energía eólica.
Todo ello aporta suficientes motivos de alegría y renovada esperanza. Y eso que no hemos mencionado los otros logros, que la oposición mediática silencia o distorsiona: la ampliación y mejoramiento de la educación y la salud pública, el crecimiento de los sistemas protectivos a favor de los marginados y excluidos del sistema, la modernización emprendida en la administración pública, donde hoy se obtienen una cédula o un pasaporte en apenas veinte minutos. Y no podemos olvidar los esfuerzos de moralización administrativa, donde ha tenido lugar protagónico el joven y dinámico Secretario Nacional de Transparencia.

Soplan grandes vientos de cambio, aquí, donde antes solo ululaban los vientos de la desesperanza y el olvido. Se anuncia la construcción de varias megacarreteras, que acorten los viajes y aumenten la seguridad de los usuarios. Es una hermosa promesa de futuro, que hará más pequeño al país, pero nos pondrá más cerca a unos y otros ecuatorianos, y a todos nosotros con nuestros vecinos de América Latina. Bien por el país. 


Ojalá, entre esas nuevas obras, se incluya un nuevo vínculo vial entre Guayaquil y Quito, ciudades que forman el eje histórico alrededor del cual se constituyó nuestro país desde antes de la llegada de los españoles. Esa obra podría ser un tren eléctrico de alta velocidad, que nos permita viajar en unas tres horas entre ambas ciudades y movilizar con seguridad grandes masas de pasajeros y volúmenes de carga. Su construcción permitiría dar trabajo por varios años a muchos desocupados e impulsaría la deprimida economía de las provincias centrales, como Cotopaxi y Bolívar, que se beneficiarían del flujo turístico general. En fin, ese tren permitiría que el Estado recupere su presencia y peso en el transporte nacional, igual que ocurre en los países europeos, donde los grandes sistemas estatales de ferrocarriles constituyen el eje del transporte masivo.

Es un sueño digno de la memoria de Alfaro y, sobre todo, digno de nuestros propios sueños contemporáneos.

jorge.nunez@telegrafo.com.ec
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